domingo, 23 de noviembre de 2014

¿Y QUIÉN NO TIENE UN AMOR?

Escribo estas líneas desde un dispositivo electrónico móvil, uno de ésos que llaman tablet, a cientos de kilómetros de mi casa. Como sabéis, las tabletas no tienen un procesador de textos como word que te permita editar tus documentos de un modo sencillo, y la solución a la edición textual más razonable, pasa por descargarse del google play o del app store una aplicación que haga, muy rudimentariamente, las veces de editor de textos. Escribo sin teclado, o mejor dicho, con el teclado táctil de este dispositivo: pequeñas y sensibles teclas que me obligan a escribir cada palabra con un cuidado excesivo y una vigilancia minuciosa, para que el corrector ortográfico del cacharro no haga de las suyas y me cuele caprichosamente alguna palabra, se coma alguna coma o algún punto, o me obligue a elegir formatos que, de otro modo, yo no hubiese elegido en absoluto.
Podéis pensar, al menos yo lo haría, que no hay razón para tanto cuidado a la hora de escribir este artículo, un artículo que, además, pasará a la historia sin pena ni gloria, muy probablemente, y que no hay mejor remedio para no tener que enfrentarse a las grandes limitaciones de la tableta, que el uso de un pc. Podéis pensar éso, y estaréis en lo cierto.

Pero lo cierto es que cuando uno tiene que viajar cada semana a un lugar que no es el suyo, a una ciudad que no le pertenece, el equipaje siempre pesa demasiado y cualquier objeto a mayores, cualquier aparato añadido a tu maleta a última hora de la tarde del domingo, se revuelve el lunes contra tu espalda con todo el peso de la tierra. El tren que te lleva lejos de casa, terco y obstinado, es también el mismo tren amable y esperanzado que te trae de vuelta cada viernes, y los días laborables se convierten en meras estaciones de servicio en las que uno espera, con verdadera impaciencia, la llegada de ese viernes que, de nuevo, le trae su vida de vuelta.

Porque tu vida, al fin y al cabo, se queda donde está tu familia, que es tu casa, se queda donde están tus amigos, que son tu casa, se queda donde tu amor y tu perro, que son claramente tu hogar, cuidan de tu vida entre semana hasta que vuelves a ella. Vivir fuera de tu vida no se parece a niguna otra cosa. Que te cuenten tu vida por teléfono y te manden fotos de caras y rincones cotidianos no se parece a casi nada. Por éso del exilio se sabe siempre más bien poco, porque las vidas de quienes allí van a parar durante un tiempo, se quedan detenidas mientras tanto, como trenes de corto recorrido aparcados en vías auxiliares.
El exilio, en realidad, no es estar lejos de tu casa, sino fuera de tu vida. Porque, al fin y al cabo, estar lejos de casa pero con tu vida, estar lejos de casa pero con tu amor y con tu perro es, sabedlo, estar en casa.

Pero fuera de casa no se puede bailar. Uno no termina nunca de coger el ritmo. Fuera de casa todas las cosas se parecen a tu casa y todos los perros se parecen al tuyo, pero no deja de haber algo en sus andares, algo en sus ojos que viene a recordarte con una retorcida levedad, que ninguna de esas vidas es la tuya, que sus adorables y livianos paseos no te pertenecen. Por eso lo peor de estar fuera de casa no son todas las cosas ajenas a tu vida que te circundan alrededor, sino los huecos que dejas en tu mesa, el espacio de tu sofá que se queda sin cubrir, el paseo matutino que no das por tus calles, el hueco del sueño que no sueñas en tu cama: todo aquello que no puedes compartir.

¿Y quién no tiene un amor?, se pregunta Alejandra Pizarnik en aquel poema titulado Exilio. Porque el exilio es éso. El exilio es tener un amor, un perro y una casa. El exilio es que te guste mucho tu vida y tengas que mirarla desde lejos.


El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi vida es el mismo trabajo que puedo hacer en mi casa, o a unos poco kilómetros de ella. El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi casa es un trabajo idéntico al que estará haciendo alguien que esté ahora mismo trabajando en mi cuidad, a cientos de kilómetros de la suya. Todos los perros que pasean junto a él cuando sale de trabajar, son mi perro. Todos los perros que pasean junto a mí cuando salgo de trabajar, son el suyo. Vemos pasar cada día los huecos que en su vida ha dejado el otro, y no nos atrevemos a rebelarnos contra un sistema que sólo sabe fabricarnos agujeros. Un sistema de organización política y social que nos arranca de nuestras vidas y aún pretende que le bailemos el agua. Que le estemos agradecidos. Un sistema de gestión del territorio que lleva a un profesor de matemáticas de Chiclana a dar clase de tecnología en Iscar, y a un ingeniero industrial de Valladolid a dar matemáticas en un instituto de Cádiz.
Condenados a vivir fuera de nuestras vidas y ver pasar las vidas de los otros en fugaces ráfagas de destellos, como en aquel cuento de Italo Calvino en el que los amantes nunca llegan a encontrarse. Condenados a esta extra territorialidad perversa, deslocalizados de nuestros afectos, de nuestras empatías, de nuestros pormenores. Saqueadas nuestras casas, desalojadas nuestras rutinas, externalizados nuestros pulsos, nuestros quereres, nuestros abrazos. Nos están dejando sin abrazos y no deberíamos consentirlo. Alguien debería decir que basta, y ese alguien tendríamos que ser nosotros. Una generación formada hasta el escándalo, obediente y sumisa hasta la ofensa, conservadora y crédula hasta rozar el disparate. Una generación que se ha tragado más cuentos y más jarabes de los que cualquiera hubiera podido digerir, y que sin embargo ahora comprende, maleta a la espalda, agujero a la espalda, que todo era, la verdad, mentira, y que el precio es llevar una vida zombie, walking deads caminando alrededor de las vidas de otros que, también, tuvieron que abandonar la suya. No deberíamos consentirlo. Alguien debería decir que basta y ese alguien deberíamos ser nosotros. Una generación nieta del exilio, vapuleada por la precariedad, la provisionalidad y la urgencia. Una generación que ha leído menos poemas de Alejandra Pizarnik de los que hubiesen sido deseables para hacer la (re)evolución. Una generación a la que le hubiese ido mejor desobedeciendo al padre y abrazando a los poetas. Os escupo en la cara, que decía Federico. Os escupo en la cara. Desde este teclado provisional, desde las periferias de mi vida, os escupo en la cara a vosotros, viejos engolados de poder y corruptelas, hombres viejos, oligarcas. Os escupo en la cara como Federico. Porque alguien debería decir que basta -¿no tenemos, acaso un amor?-. Alguien debería decirlo -devuélvannos nuestras vidas, nuestro derecho al abrazo- y tendríamos que ser nosotros. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Maripuri, una mujer heterosexual (I)

Maripuri, una mujer heterosexual, anuncia en fb a sus amistades que está embarazada. Las felicitaciones se suceden. Entre éstas, un comentario de un hombre heterosexual que dice lo siguiente: "Olé ese Manolo, qué crack!" -Manolo es el marido de Maripuri-. Ese comentario, que tenía más "me gustas" que ningún otro, incluido el de la propia Maripuri, es un ejemplo palpable y eficaz de machismo, sexismo y apología de la heterosexualidad. Ese comentario, aparentemente inocuo, está no sólo naturalizado y normalizado, sino que también es oído de un modo recurrente en situaciones como ésta. Un comentario que resulta verdaderamente ofensivo, y que alimenta lo que se ha venido llamando "cultura de la violación". Trataré de explicar por qué. 

1. Ignorarla. Para empezar, este comentario ignora de manera deliberada a una mujer que está dando una noticia sobre SU estado, sobre el estado de SU cuerpo, desde SU muro y quien hace un comentario así, ni siquiera se dirige a ella, ni siquiera le dirige la palabra, sino que directamente la ignora. No le habla. No le pregunta qué tal se encuentra, si todo marcha bien, si necesita algo...; tampoco la felicita, ni le desea lo mejor, ni muestra sorpresa ante la noticia... Nada. simplemente, ella no existe.

2. Potenciar la invisibilización de ella hablando de él. Pero es que el asunto va más allá. Y es que la existencia de ella, su estado, está en función del marido de ella, un hombre que ni aparece en la conversación, ni ha dado la noticia, ni está en ese muro, ni se le espera. Es decir, que el sujeto que hace este comentario, no sólo ignora a Maripili, sino que no puede tolerar que Manolo no esté presente, y tiene que traerle a la conversación a toda costa. Ella, no sólo no es nombrada, sino que es ignorada, y sin embargo a él se le nombra -aún no estando si quiera en la conversación-.

3. Invisibilización de los "méritos" de ella y amplificación de los de él.
Este comentario, además, resulta especialmente ofensivo, por la alabanza -"qué crack!"-que el sujeto que lo hace dedica a Manolo, motivada por la "gran hazaña épica" de que uno de sus espermatozoides haya fecundado un óvulo de Maripuri. Por supuesto que los óvulos de Maripuri, como la propia Maripuri, no existen, y no tienen más entidad propia ni más finalidad en el mundo que servir de meros continentes de las grandes hazañas del héroe, el hombre, el macho, Manolo. Como si dejar embarazada a una mujer fuese una heroicidad, algo más propio de caballeros andantes o superhéroes que de los mamíferos.
 
4. Desprestigio de otras masculinidades. Por otro lado, si la heroicidad consiste en "preñar a una mujer", cabe pensar, como es evidente, que los hombres infértiles, los vasectomizados, los impotentes, los maricas y los trans*, son todos unos mierdas que nunca van a poder llegar a la categoría de "héroe", de "macho peñador". Nunca serán "un crack", esto es obvio.

5. Identificación de la heterosexualidad con la fecundidad, la destreza amatoria y la masculinidad. Además, está todo ese asunto de vincular el vigor sexual, con la masculinidad, la heterosexualidad, el nivel de hombría y la actividad espermática, como si cada uno de esos conceptos fuese indisoluble correlato del anterior. Como si no se pudiese ser marica y masculino, o vigoroso e infértil, o cualquier otra combinación posible. Es más, como si no se pudiese dejar embarazada a una mujer siendo un pésimo amante, o más aún, siendo marica. 

6. Naturalización de la cultura de la violación. Pero lo que más me preocupa no es que este tipo de comentarios se signa (re)produciendo, sino el hecho de que sean naturalizados, aplaudidos y, en el mejor de los casos, justificados por quienes se consideran feministas, por quienes consideran que están en relaciones igualitarias, por quienes siguen creyendo que son, eso es lo triste, más modernas que sus abuelas. 

Un comentario así alimenta la cultura de la violación. Un "me gusta" en un comentario así, la perpetúa. 

NOTA: Más info sobre la Cultura de la violación, aquí

domingo, 26 de octubre de 2014

Juntas y Ministerios: yo ya no

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Tratar con las instituciones es agotador. Y no. No se trata tan sólo del consabido asunto de la ventanilla, aquella especie de abulia administrativa de la que parece adolecer algún que otro funcionario de la administración, que tan elocuentemente retrató Larra en su conocidísimo artículo “Vuelva usted mañana”; sino que es más bien una cuestión orgánica, casi fisiológica, que responde más a cuestiones funcionales, casi motoras, que a cualquier otra cosa.



Porque lo cierto es que llevamos décadas engañadas. Las instituciones no son, en realidad, instituciones, sino enormes animales prehistóricos o míticos cuya capacidad de movimientos es directamente proporcional a la velocidad que imprimen y que dejan imprimir en sus acciones. Aquello a lo que las ciudadanas llamamos tan alegremente instituciones, no son sino construcciones megalíticas inamovibles, gigantescas masas mastodónticas cuyo peso cae y recae, ahí está lo malo, sobre nuestras frágiles y menudas espaldas. Y están vivas. Y tienen hambre de estatismo. Y claro, hay que alimentarlas. Ayuntamientos, Diputaciones, Comunidades Autónomas, Ministerios. Seres de tamaño monstruoso. Y yo me pregunto si mastodontes de tamaña índole pueden, en verdad, representarnos, tan frágiles y orgánicos como somos nosotras, animalicos domésticos y mamíferos pensantes. Y evidentemente la respuesta es no. La respuesta es que no, porque las instituciones, lejos de estar hechas a imagen y semejanza de sus representadas, se sitúan en las antípodas de éstas. En las antípodas de sus vidas, de sus velocidades, de sus necesidades, de sus ritmos, de sus pulsos, de sus sistemas respiratorios y de sus modos y maneras de organizarse la vida cada día.

Porque al fin y al cabo, todo es una cuestión de contextos, de planteamientos organizativos y de cómo se utilizan y se gestionan los recursos y se dan valor a éstos, no a través del peso político e institucional, sino a través de las personas, de la gente, de la vida. Esos monstruos ciclópeos que son las instituciones, siguen creyendo aún que Parménides tenía razón cuando decía aquello de que “algo que existe no se puede convertir en nada”. Parménides, fijista convencido, inmovilista de cuidado, pero también de vocación, elaboró un proyecto filosófico que hoy, todavía, hace las delicias de quienes pretenden que lo que no se mueve, que lo que queda inmovilizado, siga funcionando como si nada. Como si el mundo no hubiese cambiado más en estos últimos 20 años que en toda la Edad Moderna. Pero el mundo, al menos el nuestro, claro, el más inmediato, ha dado tanto giro y tan diverso, que ha dejado a toda esa filosofía fijista de la que tanto presumen las instituciones, sin un solo argumento de peso que llevarse a la boca. Y es que el mundo, es ciertamente un lugar cambiante y móvil, como ya supo ver el bueno de Heráclito –un señor de mi libro de filosofía-, que tenía más razón que un santo con aquello de que uno no se baña dos veces en el mismo río, pues el acontecer del mundo es un flujo permanente.

Pero los gigantes a los que llamamos juntas y ministerios, creen no necesitar ciertas cuestiones que hoy son imprescindibles y siguen considerando como imprescindibles muchas otras cosas que nosotras ya no. Los gigantes ministeriales tienen algunos sótanos plagados de material informático sin usar, miles de libros en su embalaje original esperando a ser catalogados, y material y muebles de oficina precintados, esperando en vano que alguien vaya rescatarlos. Mientras tanto, otros lugares gestionados por la misma institución, un colegio, pongamos por caso, o un ambulatorio, no tienen mesas suficientes, o los ordenadores con los que preparan los exámenes o anotan los historiales, son casi tan antiguos como aquellos spectrum de 8 bits de hace 30 años; y sin embargo, no se puede hacer un simple trasvase, no se puede decir, oye, que en tal sitio tienen material de sobra que falta en este otro lugar, trasladémoslo. Esto, que parece tan sencillo en la cabeza de cualquiera, parece resultar imposible en las mentes fijistas de nuestros cíclopes institucionales. Los polifemos de nuestras instituciones tienen el cerebro verdaderamente mermado, además de una visión notablemente sesgada –como puede suponerse- que cuenta, además, con la insana costumbre de no mirar nunca de frente, sino de arriba hacia abajo, con el consabido agravio que eso conlleva –sobre todo para quienes estamos abajo, claro está-, por eso resulta tarea fútil hacerles ver ciertos asuntos. Corres, claro, el riesgo, de que el monstruo te responda con rugidos, pues el monstruo no sólo no entiende la crítica, sino que además la aborrece, y no puede siquiera contemplar la posibilidad de que ésta pueda darse dentro de sí, con una clara y sana intención constructiva, con verdadera vocación de mejora, de evolución, de crecimiento. Los mastodontes institucionales, en su enormidad inútil, no dejan que nada crezca y para ello, hacen depender de sí cada tentativa móvil de quienes creyeron en Heráclito. Los mastodontes institucionales siguen usando la cultura y el arte como azogadores de una suerte de imagen del imperio estático que creen representar, en una especie de fantasía megalomaníaca que sólo existe en su cabeza monocular.
En pleno siglo XXI, año 2014, los polifemos institucionales nos han amarrado a su maquinaria y después han parado los motores. Nos han hecho creer que son más importantes sus aparatos que nosotras, que somos quienes los ponemos en marcha. Las ciudadanas, atadas de pies y manos como aquel elefante sujeto por un hilo invisible, seguimos cometiendo el error enorme y fantasmagórico de creer que quienes gobiernan al monstruo son los dueños del mismo. Como si la democracia consistiese en decidir quiénes van a ser, esta vez, los dueños de todas nuestras cosas.

No deberían olvidarse, juntas y ministerios, cíclopes y polifemos, de que, por más que quieran atenazar e inmovilizar los gigantes, el sol tiene el tamaño de un pie humano y el día que por fin sepamos la fuerza que tenemos desde nuestra pequeña humanidad, se hará de noche para siempre en la tierra de los gigantes. 



miércoles, 8 de octubre de 2014

El feminismo será animalista (o no será)

El poder, tal y como lo conocemos hoy, es necropoder. El poder, de hecho, despojado de su prefijo, de su cualidad necrosante, no existe si no en los confines de una retórica utópica y feminista. Hace apenas unas horas leía este maravilloso artículo de Beatriz Preciado. Apenas unas horas después, un miembro no humano de una familia infectada por ébola (ella) y en cuarentena (él) era asesinado para simplificarle la vida a la ministra, y a su Jaguar, y a su confeti.Una familia ya, de por sí, jodida por el poder y por las decisiones tomadas por éste en nombre del especismo, y probablemente también, en nombre de la Virgen de Fátima, que no es sino otra suerte de machismo, de clasismo, de racismo, de etnocentrismo y de basura jerarquizadora y jerarquizante. Otra suerte de suela de zapato acercándose, legitimada, a la cara de lxs débiles -o mejor, de quienes han sido debilitadxs por el poder-, de los animales, de las mujeres, de lxs mutantes. El poder jerarquiza y la jerarquía mata, asesina, extermina, aterra, liquida, elimina. El feminismo no va de mujeres, sino de mutantes. No va de mi especie, sino de mi familia. El feminismo es una suerte de cruzada transversal en la que no cabe comparación alguna. El feminismo no compara, antes bien, "para con" otrxs la atrocidad necrosante de la jerarquía. El feminismo muta, porque el poder necrosa. El feminismo es el ánimo y el ánima. El feminismo será animalista o no será. 

viernes, 19 de septiembre de 2014

(TRANS) FEMINISMO: UNA REVOLUCIÓN



El feminismo es incómodo, la verdad. 

El feminismo pica, y huele mal, y es un engorro, y un rollo, y una lata. El feminismo es como pasarle el mocho a la vida, limpiarle el polvo a tus contextos, barrer bajo los muebles de tus semejantes. ¿Sabes esos remolinos de mugre que salen bajo la cama y que tú no te puedes creer, por más que lo pienses, que estuvieran ahí? Pues es el feminismo el que los saca a la luz y hace que tu alcoba deje de parecer el Far West. Es el feminismo el que te recuerda que si la casa no se limpia a menudo de mugre falócrata y machirula, la mierda acabará por engullirnos. Por eso el feminismo es una lata, porque siempre has de estar todo el día con la mopa ojo avizor -la mugre sale incluso de nuestros propios organismos- pero merece la pena, porque te va dejando la vida tan limpia y refulgente que da gusto estar en ella. Pero eso sí, tiene una pega. Una pega enorme, una pega inmensa: cuando descubres el asombroso poder del feminismo, ya no puedes dejar de utilizarlo. Simplemente no hay vuelta atrás y no puedes dejar de detectar esa pequeña pátina de polvo patriarcal, porque tú sabes que está ahí y que, si la dejas, si no la eliminas ahora, en un par de días vas a tener la vida como el arpa de la Rima de Bécquer: silenciosa y cubierta de polvo.

Por eso hacer feminismo es también –y yo diría que sobretodo- detectar y denunciar lo que pasa en nuestros entornos más próximos, en esos en los que se supone, estamos, en la medida de lo posible, a salvo del patriarcado.

Puedes cofundar junto a otrxs compañerxs, un colectivo con la vocación de visibilizar y defender los derechos lgtb+ y hacerlo, con especial énfasis, a nivel local, provincial y regional. Podéis cofundar el primer colectivo lgtb+ que se gestara en esta ciudad ever, y la cosa podría resultar ilusionante. Que el tejido social de un colectivo sea muy heterogéneo, identitaria y culturalmente hablando, nunca sé si es bueno o malo. Pero me pasa también con un millón de cosas. Lo que sí sé que es bueno es llegar a acuerdos de mínimos. Y se llegan. Se llegan para arrancar, se llegan para seguir, para empezar a seguir, pero se llegan, sobre todo, porque no podría ser de otra manera. Óptica feminista, inclusión de identidades no binarias, apoyo a otros movimientos sociales afines. Se anda camino. Se hacen propuestas y se anda un camino más institucional que callejero, más visibilizador que empoderante, pero un camino al fin y al cabo, ancho como para poder seguir depositando en él la fuerza y la alegría. 

Siempre hay cosas que no te gustan, claro, pero las pasas por alto. No te vas a poner tiquismiquis. No vas a ser tan picajosx, tan exageradx, tan histéricx. Siempre hay un compañero tecnócrata que afirma que la lucha lgtb es apolítica, y tú discutes un poco, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y misántropo que desde la más profunda ignorancia antropológica afirma altivo y complaciente que España es un matriarcado “porque las mujeres sois las que mandáis”, y tú discutes un poco, y te reivindicas como “no mujer”, como “cuerpo no binario”, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y transfóbico que vuelve a recordarte el diagnóstico del médico que te vio nacer. Y tú discutes un poco, ya sobre tu propia identidad. Y te ves discutiendo sobre tu propia identidad con un hombre que no eres tú, y discutes un poco (es tu identidad lo cuestionado, qué demonios), pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Y así pasan los días, y las semanas, y los meses, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído, como que no vas oyendo nada. 

Evidentemente, la violencia simbólica de la que ya nos habló Bourdieau nos ha enseñado que a Rouuseau se le viene haciendo mucho caso. “Toda la educación de las mujeres –esto dijo Rousseau- debe girar en torno a los hombres. Gustarles, serles de utilidad, propiciar que las amen y honren, educarlos cuando son jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarles, consolarlos, hacer que la vida les resulte agradable y grata, tales son los deberes de las mujeres en todos los tiempos”.

Y es por eso, porque “debo” hacer que la vida a mis compañeros les resulte agradable y grata, discuto un poco para que crean que puedo serles de utilidad, pero no tanto como para que todo se vaya a la mierda “por mi culpa”, y es entonces cuando llega el momento de callarme y no decir nada. 

Ellos crecen en el espacio simbólico, se mueven con holgura, sin sisas que tiren de sus mangas, sin culpas, sin miedo a ser cuestionados, sin miedo a ser culpados de saber mucho y parecerlo, o demasiado poco y parecerlo también. Piensas en Rousseau y después piensas en gasolina. Piensas en Rousseau ardiendo, Rousseau on fire, y te pones cachondx, pero de nuevo la estructura opresora te interviene el cerebro: si eres feminista no puedes hacer que nada arda, si crees en la horizontalidad no te puedes imponer por la fuerza. Si crees en los cuidados y el amor, no puedes, por amor de diosa, destilar tanta violencia. Pero en verdad toda esa violencia –tildada de ilegítima en tanto en cuanto es la tuya- no es tuya, en realidad, sino que se ha depositando en ti a golpe de opresión, a golpe de silencio, a golpe de dominación sigilosa y hegemonía callada. A fin de cuentas, el poder no necesita utilizar fuerzas no legitimadas para imponerse. De hecho, el poder es poderoso por eso, porque tiene a su disposición todas las fuerzas del mundo para, en el momento en que sean usadas por él, se legitimen automáticamente en nombre de la coerción. Los puñetazos en la mesa del padre tienen sentido. Los puñetazos en la mesa de la hija, son intolerables. Te viene Rousseau a la cabeza, y aquella expo en la que Rousseau era decididamente un mierda, y reportas en twitter desde el perfil del colectivo lgtb+ al que perteneces, una cuenta homófoba y machista; pero pronto un compañero cuestiona tu actuación, la juzga, la valora y la evalúa como si fuese un padre, un tutor o un jefe. Como si asumiese de modo natural el rol de figura de autoridad y tú tuvieses también que asumir el rol de subalterna, de tutorizada, y le hubieses pedido permiso, u opinión, u aprobación de tus actos. Y te cuestiona a ti, y a todas cuantas comprenden que no puede tolerarse la intolerancia dentro del activismo lgtb+, y os tilda, a su vez, de intolerantes. Y os dice cómo hay que ser, cómo actuar, en definitiva, para que “su vida sea más agradable y grata”, porque ya lo dijo Rousseau, a fin de cuentas, que esa es la finalidad de “las mujeres”. Se hace el silencio, esa clase de silencio que se hace siempre que el poder irrumpe en alguna parte dando su puñetazo simbólico en la mesa, en su mesa grande y alta. Un puñetazo que nadie cuestiona, que nadie puede ni se atreve a cuestionar. Porque así son las reglas. Así las normas. Hechas a imagen y semejanza de quien ha de venir, después, a usarlas en su favor.

Así que después del silencio, una compañera discute un poco, pero como no quiere que todo se vaya a la mierda “por su culpa”, la de ella, claro, pues calla y hace como que no ha oído nada. Y el machismo se filtra en los mensajes, y la burla al lenguaje inclusivo campa en los espacios de confort, en lo que tú creías que eran espacios de confort, y la chanza, y el daño infringido desde esferas que detentan un poder social, un poder simbólico, un poder estructural, un poder hegemónico, un poder de culo blanco de marica patriarcal, que diría Virginie Despentes, se sucede gota a gota, o torrencialmente ya, qué demonios, para qué andar con disimulos. Porque total qué más da, si luego nosotras callamos, aunque discutamos un poco, pero callamos, porque no queremos que el dedo del opresor nos juzgue y dicte finalmente el veredicto de que todo se ha ido a la mierda y de que ha sido por culpa nuestra. 

Así, de ese modo, tus vivencias personales son reducidas a meras opiniones, tus problemas no son tus problemas, sino tus infantiles e insignificantes puntos de vista, y tienes que aprender a ser lo suficientemente dócil, lo suficientemente complaciente, lo suficientemente idiota, como para sonreír cuando te digan que tus movidas son eso, y aquí no interesan demasiado tus movidas, porque no son más que eso, al fin y al cabo. Tus movidas. Porque no son importantes. 

Después, cuando de ti no quede apenas un campo de minas desmembrado en la muda batalla de la simbología social y estés a punto de convertirte para siempre en el arpa silenciosa y polvorienta de Bécquer, volverás a la gasolina, porque realmente tampoco tienes gran cosa que perder, a fin de cuentas, y recordarás, hablando de Bécquer, que fue el romanticismo quien se cargó el despotismo rousseauniano, aunque luego saliera la cosa como fuera, y no querrás otra cosa en este mundo que ver arder al poder muy fuerte y, aunque no sea legítima tu llamarada, acabar con Fernando VII con tus propias manos. 


Emily Dickinson tenía razón cuando dijo que ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie. Y bueno, de algún modo, ser feminista es darle la razón a Emily Dickinson. Porque cuando te pones de pie y es tu puño el que golpea sobre la mesa, el orden de las cosas convulsiona. Cuando te pones de pie y no discutes un poco, sino que peleas tu espacio hasta la llamarada, Rousseau empieza, por una vez, a no saberse a salvo. Cuando te pones de pie diciéndote a ti misma que te da igual que todo se vaya a la mierda por tu culpa, porque ya se sabe, al fin y al cabo que, pase lo que pase, la culpa será tuya después de todo; en ese momento, tú eres un poco el verso discordante de Emily Dickinson, ese que hará que el poema de tu opresión se vaya a la mierda.

Obviamente habrá hombres que te digan que fue culpa tuya. Obviamente lo hará la mayoría y, obviamente, tendrás la culpa. Por excesiva, por exagerada, por histérica. Obviamente el agravio correrá de tu cuenta, obviamente. Porque no distingues nada, porque eres desmedida, porque no atiendes a razones. Obviamente la violencia será de nuevo volcada sobre ti como un gran cubo de mierda lleno de basura simbólica, porque el patriarcado no se anda con chiquitas. Y serás juzgada, como siempre, por otro lado, pero con mayor virulencia, porque esta vez has osado, -¡cómo osas!, ¡cómo osas a osar!-, y has gritado, y violentado y has sacado algo de toda esa virulencia, ya era hora, y has puesto sobre la mesa la gasolina y el mechero. Obviamente vendrá quien te diga que has perdido las formas, porque una señorita tiene que guardar las formas, qué demonios, ya lo dijo Rousseau, pero tú no eres una señorita, qué demonios, tú eres un cuerpo acumulando su ira, tú eres su contenedor social de pestilencia, pero estás a punto de reventar, y ya se sabe lo que pasa cuando los contenedores revientan. 

Supongo que habrá quienes siguen creyendo, todavía, que comer mierda te hará cagar flores algún día. Pero lo cierto es que seguir tragando basura patriarcal, venga de donde venga esa basura, no hace otra cosa que alejarnos de Emily Dickinson. Y estar lejos de Emily Dickinson siempre es una mala noticia. 

Por eso, como dice Itziar Ziga, debemos “seguir aprendiendo a defendernos unas a otras. A generar espacios de seguridad y gozo colectivos. A minimizar el inmenso daño que recibimos cuando respondemos a su violencia”. Porque, a la hora de la verdad, ninguno de esos que dicen defender tu causa en abstracto vendrá en concreto a defenderte a ti. Ni verás esos cuerpos de hombres henchidos de privilegio arriesgar un ápice de hegemonía en nombre de tu disidencia, de tu golpe en la mesa, de tu llamarada. Probablemente todos los que una vez dijeron que estaban contigo cuando no los necesitabas tanto, estarán contra ti o no estarán en absoluto, ahora que hacen falta. Porque exageras, porque pierdes las formas, porque pierdes la razón. Porque te lo tomas todo como algo personal, porque eres una de esas personas que se toma las cosas como algo personal, qué desfachatez, vaya actitud intolerante, y porque estás haciendo de las vidas de los hombres lugares nada agradables ni gratos, y ya dijo Rousseau que aquello no estaba bien. Porque una cosa es ser feminista y hacer pancartitas pro igualdad y otra muy distinta es quitarle la razón a Rousseau. Y porque al final, desde los ojos de los sujetos hegemónicos, desde los ojos de los culitos de hombre blanco (por más horadados que estén esos culitos), se ha de ser lo suficientemente feminista como para no parecer un neardental, pero no tanto como para llevarle la contraria al ilustrado. 

Porque ya se sabe que en el medio está la virtud, y el medio es ese lugar –sabedlo- que ellos han instaurado como medio.

El feminismo del cuerpo hegemónico (por muy marica que sea ese culito blanco de caballero) es –salvo contadísimas excepciones- un postureo pequeño burgués; es una suerte de narcisismo social del varón blanco, que gusta de recibir de vuelta una imagen de sí mismo remozada y agradable, amable y progresista, de gentilhombre. Es el buen caballero, el cortesano del que hablara Baltasar de Castiglione en el Renacimiento, sólo que en su versión postfordista. El cuerpo hegemónico habla de feminismo, pero no necesita que el feminismo lo salve. El cuerpo hegemónico grita consignas feministas, pero no necesita que el feminismo lo arme para volver a casa por el camino menos transitado. El cuerpo hegemónico que se declara feminista es el lobo bueno del cuento, y a los villanos que se vuelven buenos hay que quererlos el doble que a las mocosas desobedientes. El feminismo es para el caballero la camisa de pana, la mocedad, la barbita recortada, la espumita en la cerveza bien tirada. Pero el feminismo, para lxs demás, es la calle vacía de madrugada, la violencia de mear sentadx, no poder ponerse de pie y tener sistemáticamente el peso del ardor mundial los hombros. Para el caballero, el espejo, para lxs demás, la esquina afilada y rota del cristal. Para él, la vida social; para el resto, la propia. El caballero cree que el feminismo es el parque temático de la progresía mundial, y no se da cuenta de que “el feminismo es una revolución, no un reordenamiento de las consignas de marketing”. El caballero no se da cuenta de que cuando el feminismo comienza –no el de la americana con coderas, sino el de verdad- no puede parar, porque es más que personal, porque te aprieta la vida, y porque te hace ver con una claridad meridiana que empieza a ser ya más que urgente que Rousseau vuele por los aires, mientras matamos a Fernando VII con nuestras propias manos mientras recitamos un poema de Emily Dickinson.Y escuchamos, también, este tema de Viruta FTM.








sábado, 6 de septiembre de 2014

Todos los demonios

En una ocasión, allá por la Inglaterra de principios del siglo XX, el escritor y ensayista G. K.  Chesterton presentaba su obra El hombre que fue jueves (una reflexión metafóricamente exquisita –Borges lo adoraba- sobre el libre albedrío y el mal en todas sus formas). Entonces, a la pregunta de ¿es usted un demonio?, el premio Nobel de Literatura respondía: soy un hombre, y por lo tanto, tengo dentro de mí todos los demonios.
                Y es que la maldad, como bien sabía Chesterton y como bien han contado también muchas otras grandes plumas de la literatura y el pensamiento a lo largo de la historia universal, es capaz de adoptar siniestras formas, sinuosas a veces, y más embelesadas y aparentemente inocuas, otras. Uno piensa, quizá por eso de que cuanto mejor es uno, más difícilmente llega a sospechar de la maldad de los otros, que decía Cicerón, que la gente es buena por naturaleza, por ciencia infusa, casi así como por ley natural, como casi sin quererlo. Uno, presa de una especie de humanismo crédulo y casi estúpidamente ingenuo, confía en sus semejantes como si éstos estuviesen hechos casi a semejanza de una, y cree que Chesterton se equivocaba tildando de maldad ciertos actos que, en la vida real, no eran en verdad más que errores de forma, pequeños defectos, despistes inocuos, pequeños traspiés de carácter sin importancia, que todxs tenemos porque somos humanos, porque nadie es perfecto y porque dos o tres argumentos de verdad comúnmente aceptada me bastan para creer -soy idiota, lo sé, no me juzguen- que las personas malas, las dañinas de verdad, las irremediablemente tóxicas, ésas que te ponen la vida a morir si te descuidas, existen sólo en la ficción. Pero no.

                La ficción, -ya debería yo saberlo a estas alturas-, nunca nos contará mentiras, y lejos de no existir, los Mefistófeles cotidianos, las serpenteantes Hidras de Lerna y las espantosamente terroríficas arpías, los basiliscos y los chupacabras, están en nuestros centros de trabajo y en nuestros bloques de vecinos y si observamos con la debida atención –la ficción en esto es versada- podemos apreciar cómo, de sus ojos cuando miran, supura cierto líquido pestilente, viscoso y verduzco, que viene a darle la razón a Chesterton. La mala gente que camina, como tituló una vez Benjamín Prado, tiene nombres y apellidos corrientes. Se llaman Javier, y López y Cuchita, y caminan junto a ti por las aceras. Los nombres que le damos al demonio tienen rostros y aficiones tan comunes que no te librarás de coincidir con alguno en el gimnasio, el bus o la oficina. Tendrás lestrigones apedreándote en el trabajo y tendrán la cara de tu jefa; un dibukk querrá robarte el alma a golpe de chantaje emocional y verás como la inquina del villano, la saliva agolpada en la comisura del ruin, se apropia de tu vida si la dejas. Porque Yago –Shakespeare lo sabe- es en verdad tu socio si le dejas, y porque, si le dejas, vas a verlo, te hará, tarde o temprano, matar a Desdémona.   Dice Luis García Montero que la indiferencia nos convierte en cómplices de la injusticia y del poder. Y no es casualidad que esto lo diga un experto en ficciones. Mirar para otro lado ante la injusticia es, a todas luces, injusto, porque consentir al villano es, de algún modo, ayudarlo a lograr su propósito. Permitir a Cruela que mate a los cachorros es consentir que tu vecino haga lo propio con su perro; consentir que Gárgamel intimide a los Pitufos es permitir que tu jefa haga lo mismo contigo y con toda la plantilla. La ficción es poderosa porque nos enseña que para que el villano gane, la buena tiene que perder con el beneplácito de la indiferencia.

                Chesterton tenía razón cuando afirmaba que la Biblia nos dice que amemos a nuestros vecinos y a nuestros enemigos porque, probablemente, se trata de la misma gente.

                  Y es que, efectivamente, son la misma gente. Son los mismos. Los que tras la ignominiosa reforma laboral de este gobierno contratan y despiden trabajadoras con un dinero subvencionado y público que no costea la explotación, la precariedad y el mobbing al que se ven expuestas, por pura codicia sangrante y por el puro placer de hacer daño; los que han reventado el mobiliario urbano y las famosas “Pes” durante estas fiestas por darse el gustazo de hacer el mal, por el puro placer de hacer daño; los que acosan psicológicamente a sus trabajadoras y las adeudan dinero y horas por el puro placer de abusar de su poder y hacer daño; los que corean a voz en grito “maricón el que no bote” aireando orgullosos su homofobia y propagando el odio en plenas fiestas patronales por el puro placer de hacer daño; los que pagan cientos de euros para ver cómo un animal es torturado, humillado y, finalmente, asesinado, por el puro placer de hacer daño; los que, de hecho, torturan y humillan y asesinan a un animal, a cualquier animal, a un ser vivo, a cualquier ser vivo, por el puro placer de hacer daño; los que saquean los cuerpos de las mujeres, las vidas de las mujeres, a golpe de acoso callejero y machocracia, a golpe de silbido, chanza, pavor o sobresalto, porque sienten que así son los dueños de las calles, y de ellas, también, qué demonios, por el puro placer de hacer daño. Nuestras conocidas, nuestras jefas de sección, nuestros novios despechados, nuestras amantes, nuestros cuñados, nuestras hermanas, nuestros párrocos y ese vecino tan discreto y tan amable que siempre saludaba en el rellano. 

También lo dijo Chesterton: los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos. Efectivamente, basta un gesto valiente para matar a Yago, una denuncia, una evidencia, un clamor, antes de que a Desdémona le hiera de muerte nuestra indiferencia.


martes, 12 de agosto de 2014

Filosofía de los tractores

Tengo un alumno al que doy clase de filosofía. La filosofía de 1º de Bachillerato es una herramienta muy útil cuando se tienen 17 años y apenas una vaga noción de lo que es la filosofía, pero también es la mierda pura y ontológica que te queda para septiembre cuando no tienes ni la más remota idea de qué carajo es la ontología y de qué demonios pinta tanta pureza en todo esto. La materia, a diferencia de la filosofía de 2º de Bach, que es Historia de la filosofía y sigue un orden cronológico y por autores (autorEs, digo bien, todos señorEs), es más flexible, pues tiene que introducir temas y conceptos básicos tales como qué es la filosofía, cuáles son sus campos de actuación, qué ramas de la filosofía tienen incidencia en nuestras vidas, y de qué manera, qué es la ética, la fenomenología, la metafísica o la epistemología, y por qué demonios la política en filosofía es una cosa distinta a la saliva que se acumula en las comisuras de los labios de Rajoy mientras miente sin complejos diciendo que la crisis ha acabado. 

Mi alumno no es un chico de 17 al uso. Primero porque tiene 18, y segundo porque, ante la pregunta de "¿para qué están las normas?" no responde, como sería lo propio en un adolescente, "para saltárselas", sino que, sin titubear, y con la mansedumbre de un triste y gris hombre solo, me dice desde dentro de su camiseta azul: "para cumplirlas". Y es por eso que le queda la filosofía. Porque él no quiere problemas, y la Filosofía, por el contrario, es especialista en buscarlos. 

El otro día, charlábamos -aunque será más preciso decir que era yo quien charlaba y él, quiero pensar que escuchaba- sobre el impacto de la ética en nuestros días, sobre cómo ésta tiene que adaptarse a los nuevos contextos sociales y sobre las medidas que se toman o se pueden tomar para disminuir en lo posible las desigualdades, como el tema de las cotas, o la discriminación positiva. Todo muy ajustadito a su manual de Filosofía.  

-Por ejemplo -le dije-, en relación al tema de la discriminación positiva, tienes un buen ejemplo en la incorporación de las mujeres al mercado laboral. Podría parecer que ellas tienen los mismos derechos que ellos laboralmente, pero la verdad es que ellas tienen una serie de lastres sociales que ellos no tienen, como que son las que se encargan de la gestión de la casa, de los cuidados de hijxs, de lxs dependientes, de la economía doméstica, de la educación de lxs hijos...
-Pues en mi casa mi padre también se preocupa de mi educación... -responde en su defensa-.
-¿Ah sí?, pues es curioso porque fue tu madre quien se preocupó de encontrar un profe de filosofía para ti, y quien me llamó y me llama para ver cómo vas y con quien yo he hablado todo el tiempo. De hecho, a tu padre ni siquiera lo conozco... Y créeme, así suele ser casi siempre...
-Bueno.. -titubea- pero sí se preocupa, lo que pasa es que... trabaja...
-Preocuparse es ocuparse, ocuparse de verdad, no firmarte las notas y decirte que estudies... ¿esto lo sabes, no? Y por cierto, tu madre también trabaja, ¿no?
-Sí... pero las notas también me las firma ella...
-Ah...

Termino la pequeña conversación porque me sale humo por las orejas y no quiero que la alarma de incendios -de haber habido allí tal cosa- salte sólo por la quemazón de mis humos y humores, que destilaban ya algo parecido al azufre. Continuamos avanzando en el tema, y a los 20 minutos, su hermana -menor, pero haciendo las labores de hermana responsable y protectora-, interrumpe la clase y le dice bajito, tratando de que yo no lo oiga: ¡Juan! ¡Es papá! Que te está llamando al móvil... Dile que has bajado a hacer compras y que por eso no le has cogido el teléfono...

Juan se levanta de su silla. "Es mi padre", me dice. Como si ser su padre acaso fuese un suceso de fuerza mayor, una especie de ontología jerárquicamente doméstica, que evidencia el patriarcado como tal, simbólico y terco en todas sus formas, como una llamada inoportuna, y yo me quedo estupefacto, mirando esa caricatura de Piaget que habita los márgenes de su libro de Filosofía, y escuchando a lo lejos una conversación que, a pesar de la distancia, yo podía escuchar a través del teléfono, pues era la voz del padre de Juan (cuyo nombre, por cierto, no conozco), una voz bronca, áspera y recia; llena de ritmos bruscos y toscos, como nacida a cachos, y obstruida con palabras inexactas y llenas cadencias farragosas, silvestres y abruptas como habones de tierra sin labrar.

-No papá, no he oído el teléfono. 
-¡¿Y ánde 'stabas?! 
-Pues, por ahí, comprando comida que me ha mandado comprar mamá. 
-¡¿Tanto tiempo?! 
-Pues sí, no sé...  
-¡Bueno, a ver! Esta tarde te traes el coche a las cuatro y te vienes con tu hermana, ¡¿me has entendido?! 
-Sí, pero tengo que echar gasolina... 
-¡No! Se va a hacer así como te 'stoy yo diciendo. Usea se va 'cer así, ¿'tiendes? Ya 'charás la gasolina Ya la 'charás. Como yo te digo, ¿'tiendes? Usea, así se va 'cer.
-Sí, vale, vale. 
-¿M' as entendido? 
-Que sí, papá... que vale...
-Pos eso, hala, adiós.

 Evidentemente, de nuevo, otra vez, la realidad superando con creces toda conjetura posible. Le pregunto qué pasa, que por qué no le ha dicho a su padre que estaba en clase.
-Bueno... es que... -continúa con la disculpa al gran pater familias- mi padre no sabe que voy a clase, porque cree que las clases no sirven para nada, y que lo que tengo que hacer es estudiar...
-Ah... ¿y aún dices que tu padre se preocupa por tu educación? Interesante...

La clase concluye, y yo no salgo de un asombro perpetuo que me ha dejado con la ética hecha añicos pequeñísimos de heteropatriarcados punzantes que se meten en pequeños escondrijos de las casas y las vidas de la gente, y pinchan como pinchan todas las cosas de este mundo que matan lento pero seguro. Lento pero seguro.

Al cabo de dos días, Juan me comunica que las clases se suspenden. Se van todos al pueblo -eso es lo que me dice, "nos vamos al pueblo"-. Como el chico obedece más que piensa y remolonea más que estudia, decido telefonear a su madre. Le explico que el rendimiento está muy por debajo de lo que debería, que su hijo tiene serias lagunas históricas, conceptuales, de cultura general, que son necesarias para poder, sobre ellas, construir conocimientos en relación a la filosofía (y a culaquier otra materia, la verdad). Le hago saber que su hijo, al que le cuesta especialmente concentrarse y comprender cuestiones que tienen que ver con el pensamiento abstracto, no ha estudiado lo suficiente, ni ha hecho los ejercicios que le he ido pidiendo en las últimas semanas, y que necesita claramente tomarse en serio la asignatura, si lo que quiere es aprobarla. Su madre le disculpa. Me dice que sí, que lo sabe. Que gracias por llamar. Que lo sabe. Me dice que se ha pedido vacaciones para estar más encima de él y controlarlo. (Un modo muy clásico de calmar la conciencia de "madre" y ya, de paso, joderse las vacaciones, para así ser más madre y abnegada y pasivo-agresiva y todo a un tiempo). Me dice que se van al pueblo porque su padre (el de su hijo, se entiende; aunque no sé por qué extraña razón las madres de familias nucleares se refieren a sus maridos como "padres") quiere que le ayude con el tractor por las tardes. Eso es lo que me dice: "su padre quiere que le ayude con el tractor". (Y no hay más que hablar, claro. Pienso. Su padre. Ese ser todopoderoso. Lo dice su padre y punto). Me dice. Y disculpa a su hijo, quien no valora en absoluto nada de lo que su madre hace por él; y disculpa a su marido, quien está obstaculizando el aprendizaje y la educación de su hijo y comportándose como un perfecto cretino con voz de céfiro tractorista.

Padres y tractores. Tractores y padres. Padres y tractores. Hijos que serán, si ellas no lo remedian, si ellas no ponen tierra y tijera de por medio, padres y tractores nuevamente, por los siglos de los siglos. Y Piaget, desde los márgenes de la página 145 del libro de filosofía de primero de bachillerato, le hace un corte de mangas a Judith Butler, de la que, es evidente, no hay aún ni rastro en los manuales de filosofía en los que me diluyo, cuando empiezo a oler a azufre, y a lo que huelen los hombres todopoderosos que todo lo destrozan con sus tractores. Porque sé que si ellas siguen conviviendo con ellos, poniendo sus vidas a su servicio y dándoles hijos, ellos no les devolverán otra cosa que enemigos. Viejos tractores perfeccionados con la forma que tienen los hijos que, tarde o temprano, serán hombres dañinos como sombras para quienes la educación es un secreto inútil que no puede nunca ser revelado.