martes, 8 de julio de 2014

Orgullo y tormentas

Hace cuarenta y cinco años, en un bar de Nueva York llamado Stonewall, se produjeron unos disturbios que, en verdad, han dado la vuelta al mundo y han marcado un antes y un después en la lucha por los derechos humanos y las libertades individuales y afectivo-sexuales. El Stonewall Inn, un bar frecuentado por lesbianas, gays, transexuales y bisexuales era, como el barrio newyorkino en que se encontraba, objeto de constantes redadas y acoso policial; un acoso policial y una persecución a la que se sometía de manera constante y taimada a la comunidad LGTB (Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales), con el beneplácito, además, del Gobierno estadounidense, quien precisamente alardeaba de ser el adalid de la defensa de los derechos humanos universales. Sin embargo, el 28 de Junio de 1969, aquellas personas que sistemáticamente habían sido extorsionadas, ninguneadas, apaleadas y vejadas política, cultural y socialmente, dijeron que ya estaba bien y, por primera vez, decidieron defenderse de los ataques policiales y de Estado. Nacía así la primera piedra angular del activismo LGTB, y nacía con una revuelta.
               
Todo lo que nace, lo saben bien aquellos cuerpos que han traído otros cuerpos a la luz, nace con una tempestad. Todo nacimiento es una revolución, una revuelta, una agitación. Todo derecho conquistado, por tanto, es hijo de la tormenta. Los derechos no llueven como los hombres de las canciones de The Weather Girls, los derechos se conquistan y vienen siempre acompañados de gijarros y truenos y ventiscas que arrecian a medida que se va ganando terreno a quienes no quieren soltar los privilegios.

                Este fin de semana se celebra el día del orgullo LGTB. Tarde, porque el verdadero Orgullo, el de la tormenta, se conmemoró en Madrid –igual que aquí en Palencia-, el pasado fin de semana. “Orgullo”, porque lo que se conmemora, precisamente, es haberle plantado cara al opresor, haber dicho con orgullo que hasta aquí hemos llegado, y haber proclamado a los cuatro vientos, orgullosos y orgullosas, que sí, que somos gays, y lesbianas y trans, y que no sólo no pensamos ceder ni un ápice en nuestra lucha, sino que además estamos orgullosos y orgullosas de serlo y no nos cambiaríamos por otras personas por nada del mundo. Más o menos ese era el mensaje de aquellas que, en Stonewall, se partieron, literalmente, la cara, para que hoy la comunidad LGTB haya podido adquirir, poco a poco, unos derechos –sobre todo a nivel legal- que entonces eran impensables. Pero todo esto vino de manos de la tormenta, no de una mansa y callada lluvia otoñal.
                Por su parte, en lo que concierne a estas tierras nuestras, donde todo parece moverse a un ritmo más cercano al estatismo que a la velocidad y donde, en líneas generales, se vive como si no existiera todo aquello que no se conoce, la situación de la comunidad LGTB es bastante penosa. Sin embargo, y quizá porque es un hecho que de unos tres años para acá, estamos asistiendo a cambios estructurales más profundos de lo que creemos, se ha conformado en Palencia, hace apenas dos meses, Chiguitxs LGTB+ Palencia, una plataforma en defensa de los derechos y las diversidades afectivo-sexuales, de Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales y todas aquellas identidades u orientaciones disidentes de nuestra provincia. Y por primera vez, las diferentes Federaciones, fundaciones, plataformas, colectivos, asociaciones, y personas a título individual que trabajamos en defensa de los derechos LGTB en nuestra comunidad autónoma, nos hemos coordinado para organizar, entre otros actos, la primera manifestación del Orgullo que ha tenido lugar en nuestra comunidad, y que se llevó a cabo el pasado sábado 27 de Junio en Valladolid.
                Castilla y León es la comunidad con menos matrimonios de personas del mismo sexo, es la comunidad en la que casi la mitad de las y los adolescentes LGTB sufre acoso o burlas en el centro escolar por ese motivo, y donde buena parte del profesorado que también pertenece al colectivo, es a su vez, acosado por este hecho. También es la Comunidad que niega la existencia –real y legal- de las personas transexuales, condenando al exilio a más del 80%. Y es que no es casual que buena parte de las activistas y teóricas de los derechos LGTB más destacados a nivel internacional, sean castellanoleonesas que viven y desarrollan su actividad fuera de Castilla y León (el filósofo Beatriz Preciado o el sociólogo Javier Sáez son buenos ejemplos). Y es que la ley te deja besarte por la calle, pero la estructura social y la desafección política no tanto.
                Por su parte, el colectivo Chiguitxs LGTB+ plateó, entre sus actos, la proyección del documental “Testigos de un tiempo maldito”, de Juan Larrauri, en colaboración con la ARMH, ya que en él se reflexiona sobre la persecución a la que lesbianas, gays y trans fueron sometidas durante el franquismo (trabajos forzados, campos de concentración y otras atrocidades por las que aún nadie ha pedido perdón); se llevó también a cabo  el izado de la bandera LGTB en el Ayuntamiento de Venta de Baños, el único Ayuntamiento de la provincia que ha querido sumarse al acto simbólico -los demás, incluido el de la capital, se negaron-; y se concluyó el fin de semana con una Romería activista, visible y diversa, que arrancaba desde la simbólica Avenida de los DD.HH. hasta el cerro del Otero.

                La comunidad LGTB es diversa, y reclama, precisamente, esa diversidad. Rubias, negras, precarias, explotadas, ciegas, ingenieras, miopes, gordas, médicas, tractoristas, con movilidad reducida, paradas, madres, padres, hijas, sordas, abuelos, nietas, estudiantes, educadoras, concejalas, obreras. No sólo las que salen en la foto, pero ésas también. Por eso hoy que muchos empresarios quieren hacer caja con “lo gay”, pero sin “los gays”, con “lo lésbico” pero sin “las lesbianas” y con “lo trans” pero sin “los trans”, quiero recordar las manifestaciones en vez de los desfiles, las reivindicaciones políticas en vez de los bares de moda,  y en vez de la lluvia amaestrada y dócil, la furia eficaz de las tormentas. 

jueves, 5 de junio de 2014

EL REY Y LAS RIMAS

El rey quiere abdicar. Los reyes siempre queriendo hacer cosas extrañas. Abdicar. ¿Qué mierda de verbo es ese? ¿Qué sinrazón se esconde en cierta gramática como para que algunas pronunciaciones decididamente sincopadas, condicionen el devenir de un pueblo y de sus gentes? Abdicar. Del latín abdicatio. Renegar, renunciar.
Pues bien. Renegar. Está bien. Negar dos veces es confirmarse en la negativa de la fe.
El rey abdica y muchas fuimos a la calle a decir que no queremos rey. Ni reina, tampoco. Ni un rey moderno, ni preparado, ni progre, ni políglota, ni listo que te cagas. Ni maricón siquiera. Ni bollera. Tampoco queremos una reina bollera, ni trans, ni creep, ni tullida, ni gorda, ni puta. Si ya nos cabrea la omnipresente jerarquía estructural de cada cosa de este mundo persistentemente piramidal, que el ascenso a la pirámide se democratice, al menos. O que se democratice todo lo posible. Ya sé que "democratizar" es un verbo funesto, cuyo origen tiene más que ver con los calcos de los redactores de los manuales de estilo que con Virgilio, pero si tengo que elegir un modo, prefiero el que me deja elegir a quien después elegirá. No quiero que dios, por más bollera y negra que sea, ni el linaje ni la biología, ni ningún otro agente esotérico de absolutismo feroz y concienzudamente rimbombante, haga las veces de mí y de todas las demás qu eno son yo, pero que viven conmigo.

Salí a la calle para decir que el verbo abdicar viene del latín. Salí a la calle porque, después de todo, era un buen momento para salir a la calle, para hacerlo, después de todo. No para pedir República, la república no es garante de nada, pero sí para exigir que es de recibo que sea alguien elegido por la gente quien, durante un periodo breve, y sujeto a la obediencia, se deba a la gestión de lo que es de aquella.

La gente llevaba banderas de la república. Los hombres llevaban banderas de la república. Y tenían bocas grandes como de haber gritado dragones feroces saliendo airados de entre la lenguas y los dientes. Dientes de hombres ensalivados y voraces, ávidos, muchos, de dolores más grandes para poder gritar más fuerte dragones abisales. Los hombres escupen saliva y fuego, y gritan república con saliva pétrea, y fuman tabaco de liar y escupen todo el rato. Los hombres lo llenan todo de cosas con sus cosas de hombre y sus salivas densas y compostadas, ocupan los espacios y ocupan la calle, y el horizonte y los abismos. Los hombres están por todas partes. Tienen mujeres, pero sobretodo tienen bares y bocas por las que salen disparadas presencias ensordecedoras y huecas, que resuenan una y otra vez, haciéndose presentes.
Lo llenan todo de ellos. Los hombres. Los hombres y sus banderas, y sus bocas, y sus dientes. Los hombres y sus espaldas, y esa manera de estar en el mundo, como si a nadie más pudiera pertenecer éste, después de todo. Los hombres, como los monarcas, lo llenan todo de ellos.

Se amotinan, se organizan, se palmean las espaldas, se miden las fuerzas con los cuellos ergidos en las calles, se adelantan a sí mismos caminando toscos, recios, avezados. Gritan consignas, todo lo ocupan. Reyes. Reyes. Reyes. Piden república con voces de hombre, con voces de quienes se saben herederos de un trono; piden república con voces de rey y piden la hora, también. Y ocupan e invaden y expropian. Lo llenan absolutamente todo de sus estridencias, de sus estrategias, de sus pormenores, de sus neuras de monarca infame y jactancioso. Y todo, absolutamente todo, incluso cada rima de este mundo, ya sea asonante o consonante, Borbón en plural mediante, ha de pasar siempre "por sus cojones". Y por su polla, y por lo malo que es que te follen por detrás, que siempre es de maricones. Y los hombres no son maricones, cojones, los hombres son hombres, y tienen bocas como cetros de reyes gritando contra el rey.

Yo no quiero compartir espacios con sus dientes, su saliva gelatinosamente amarga y enegrecida por el sabor de una boca que tiene siempre ese regusto a hegemonía; ese regusto a rascarse la entrepierna y que no pase nada, a caminar a solas por la calle y que no pase nada, a gritar cualquier mierda y que todo siga estando bien, después de todo. No quiero compartir consignas con quien hace de su polla y sus cojones una especie de orden mundial en torno al que orbita el mundo, y que borra de una palmotada todo lo demás. No quiero compartir espacios, ni léxicos, ni estéticas, ni luchas. Porque está claro que su lucha no es la mía. No la nuestra. No la de todas las demás. Su pugna es la pugna de quien quiere derrocar al poder desde el poder para, después de todo, seguir ejerciendo éste del mismo modo voraz y jerárquicamente monárquico, capitalista, paternalista, hegemónico. Su pugna es la pugna de quien ha perdido un privilegio del millón que ya tenía y quiere, ¡qué demonios!, recuperarlo.

Por eso abdico también, reniego, renuncio, a formar parte de un frente común que habrá de seguir sirviendo a quien oprime, a quien perpetra, a quien todo lo ocupa y lo llena y lo expolia con sus manotadas llenas de humo ruidoso y voraz, y sus codos y sus piernas trazadas como inmensos perímetros espaciales, y sus dientes, todos esos montones de dientes llenos de lenguas y de babas y consignas que, lejos de debilitar al monstruo del heteropatriarcado, no paran de alimentarlo. Como si cada uno de ellos fuese entonando bajito "pero sigo siendo el rey", mientras piensa otra rima con sus gónadas.


lunes, 19 de mayo de 2014

LA UTOPÍA DEL AMOR (o cómo sobrevivir fuera de la heterosexualidad)

El17 de Mayo, se celebró el Día Internacional contra la LGTBfobia y, por primera vez, la bandera del arcoíris, la de los cuerpos y sexualidades diversas, ondeó en la ciudad de Palencia. La recién creada plataforma Chiguitxs Lgtb+ nace con la intención de dar visibilidad, voz y empoderamiento a un colectivo ninguneado sistemáticamente en esta provincia –la cuarta por la cola en matrimonios no heterosexuales de España- que asiste por primera vez a la existencia de una plataforma de estas características y que en su brevísima andadura (menos de un mes), ha logrado ya tres cosas:

-Que el Ayuntamiento de la ciudad apruebe por unanimidad una declaración institucional contra la homofobia, manifestando su compromiso con la comunidad lgtb+ de la ciudad (Una propuesta que se llevó también a la Diputación a otros 17 Ayuntamientos de la provincia).

-Que la bandera del arcoíris ondee en una de las fachadas del Consistorio, gracias al grupo municipal de Izquierda Unida, que ha decidido colgarla de su balconada, ante el rechazo mostrado por el equipo de Gobierno a izar la bandera de un modo oficial desde el propio Ayuntamiento. 

-Que se genere en la ciudad y en la provincia una cohesión entre las personas pertenecientes al colectivo LGTB+ lo suficientemente poderosa como para lograr los dos puntos anteriores y salir, el mismo 17 de mayo, a celebrarlo con un Brunch transmaricabollo al parque Isla Dos Aguas.

                Ha pasado casi un cuarto de siglo desde aquel 17 de Mayo de 1990 en el que, por fin, la homosexualidad salió de los manuales de diagnóstico psiquiátrico y dejó de ser considerada una enfermedad por la Organización Mundial de la Salud, y aunque en muchos lugares el progreso ha sido grande y se han dado pasos firmes hacia la inclusión de los cuerpos y las familias diversas, lo cierto es que todavía hoy, mientras escribo estas líneas, 77 países del mundo, repito, 77 países de todo el planeta, ahí es nada, siguen considerando la homosexualidad como una enfermedad, y en la mitad de ellos, yo no sólo no podría escribir lo que ahora escribo, esto que ahora lees, sino que mi voz sería silenciada casi al instante, mi cuerpo torturado y mi vida, finalmente, arrebatada. Porque, a fin de cuentas, si bien ya no somos enfermxs, seguimos, qué demonios, siendo peligrosxs.  
                Podemos creer que vivimos en un país civilizado en el que, por ejemplo, no se realizan amputaciones genitales, pero lo cierto es que éstas se practican casi a diario para hacer encajar, a través de verdaderas mutilaciones, los cuerpos diversos intersex en uno u otro género.
                Podemos pensar que nuestra legislación es verdaderamente inclusiva en relación a los derechos de las personas LGTBQ, pero la verdad es que nuestros derechos reproductivos están seriamente mermados respecto a los de los cuerpos identitaria y sexualmente hegemónicos. Porque no existe la presunción de maternidad/paternidad para hijxs de miembros de parejas no heterosexuales, y porque los cuerpos lesbianos y/o trans se han quedado sin derecho a la fecundación asistida.
                Podemos considerar que una vez conseguidos logros legales como el matrimonio homosexual, ya no quedan en este país más que apenas restos de homofobia, pero lo cierto es que el 45% de la comunidad LGTB adolescente ha intentado suicidarse alguna vez. No por ser bollera, o trans, o maricón, sino por vivir en una sociedad obscenamente enferma, que trata de convencerles de que sus cuerpos son todavía carne de diagnóstico. En un país en el que buena parte del profesorado no está familiarizado ni conoce la realidad LGTB y difícilmente puede, por tanto, hacer bien su trabajo de escucha, apoyo y referencia para con les alumnes diverses.
                Podemos asegurar que en verdad hemos salido de los manuales de diagnóstico, pero si somos sinceres, no nos queda más remedio que ver cómo todavía se siguen patologizando los cuerpos trans, y se les/nos sigue sometiendo a verdaderos expolios somáticos y periplos disciplinarios para hacerles/nos encajar, de nuevo, en uno de los dos géneros. Como si sólo hubiese dos, como si fuesen los únicos que existen o como si, en verdad, esos dos estamentos en los que parece haberse dividido el mundo y sus esferas estructurales fuesen, al cabo, reales.
                Podemos señalar que las victorias han sido muchas de unos años a esta parte, pero a la infancia LGTB se la sigue diagnosticando como antes de 1990, porque nuestros cuerpos siguen siendo considerados sexual e identitariamente diferentes a la norma en tanto que sexuados, y se sigue sin entender a la infancia como tal, como si el Código Civil y la Seguridad Social nos hiciesen entrega de nuestra sexualidad “rarita” –pero sexualidad, al cabo- el día que cumplimos los 18.
                Podemos creer que vivimos buenos tiempos para la lírica transmaricabollo, pero lo cierto es que no tengo ni un sólo amigue transma alx que no hayan insultado, agredido, invisibilizado, excluido, ridiculizado, infantilizado o despreciado por serlo. Algunes tienen una edad, es cierto, pero muches otres nacieron después del ’90. Después del año en que dejaron de ser enfermes.

                Podemos asumir que la guerra está ganada pero ayer, cuando al brunch transmaricabollo que celebramos en Isla Dos Aguas vinieron los medios, no fueron poques les que no quisieron salir en la foto. Porque el miedo a que lo sepan en el trabajo, en la familia, en el entorno, y la homofobia grabada a fuego, a golpe de hegemonía cultural heteropatriarcal, todavía es más grande que muchos armarios.



                Por eso, la homofobia, en realidad, no sólo es odiar la diversidad afectivo sexual, sino también –y sobre todo- no amarla. Ya lo dice Virginie Despentes:


                Cuando me presento en público con Beatriz (Preciado), sé que nos defendemos y somos más fuertes por el simple hecho de ser dos, presentamos un modo de supervivencia emocional y económica fuera de la heterosexualidad. (…) Al final, amar es siempre un esfuerzo, un riesgo vital, pero odiar es la fuerza propia del capitalismo, el impulso más fácil, caótico y natural, el más destructivo, que puede conducir al éxito o al poder, pero que nunca te llevará muy lejos en términos de subversión. Quizás la utopía del amor sea lo único que justifique hacer política, arte o escritura.

domingo, 13 de abril de 2014

La sordera y otros hechos culturales

El Museo de Arte Contemporáneo de León, o MUSAC, para más señas, plantea dentro de su Proyecto Vitrinas, la propuesta “Del mapa al territorio: colectivos y espacios independientes en Castilla y León”, con el fin de visibilizar a todos aquellos proyectos y/o colectivos de carácter artístico-cultural que existen –o han existido, pues también recoge alguna que otra apuesta con carácter retrospectivo- en el territorio de Castilla y León. Como ya habrán imaginado, la idea es dar voz a aquellas agrupaciones o movimientos autogestionados por las propias artistas de manera independiente y que, en su mayoría, poco a nada tienen que ver con los circuitos institucionales, o al menos no de un modo fundacional y/o continuo. Son colectivos precarios y heterogéneos, fluctuantes y móviles, que conforman el tejido sociocultural más contemporáneo y expresivo de nuestra comunidad y todos ellos tienen, también una fuerte implicación social, ya sea por cómo están concebidos, por la filosofía de trabajo que marca sus directrices, o por el tipo de planteamiento artístico que promueven, y que pasa por concebir el arte y todas sus expresiones en un medio, en un instrumento de cambio social.

                Uno de los proyectos que han sido recogidos en ese gran mapa virtual que las vitrinas del vestíbulo del MUSAC albergarán durante unos meses es el proyecto llamado “La cabra se echa al monte”. Apuesta de nombre extraño y formas más extrañas y mutables todavía, que nació hace menos de un año en forma de Festival en la localidad de Monzón de Campos (Septiembre 2013), y del que tengo el placer de formar parte. Este proyecto, que se mueve con el deseo de visibilizar las prácticas artísticas contemporáneas vinculadas al territorio cuestionando, además, los límites de éste, nace también con una clara vocación de cambio social, cuestionando los límites, no sólo de los géneros decimonónicos en el arte, sino del concepto mismo de género, en todas sus acepciones, así como de los términos espaciales entre lo físico y lo virtual, lo habitado y lo no habitado, lo “capaz” y lo “no capaz”, etc.

                Mientras dábamos vueltas a las posibles formas de presentar este “animal” –tan castellano- al MUSAC, y darle forma audiovisual, vimos la clara necesidad, por el propio pulso del proyecto y por su código fundacional, de proporcionar a las espectadoras la mayor accesibilidad posible, para que las experiencias en relación a la presentación del Proyecto de “La Cabra se echa al monte” en el marco de “Del Mapa al territorio” fuesen lo más diversas y experienciales posibles, pues diversidad y experimentación son, al fin y al cabo, mimbres con los que también está entretejido el proyecto.

                Se hacía, por tanto, necesario, contactar con el Centro Cultural de PersonasSordas de Palencia, explicarles el proyecto, y pedirles su implicación en el mismo. La idea no era “trasladar” el contenido de nuestro pequeño ejercicio audiovisual a la lengua de signos, sino traducirlo. Traducirlo como se traduce del castellano a cualquier otra lengua: no copiando, sino enriqueciendo. Nos pareció interesante –y necesario- plantearnos el asunto, no tanto desde una óptica de accesibilidad, que también, sino desde la óptica de la traducción, haciendo desaparecer así cualquier tinte de “buenismo” que victimizase a la comunidad sorda, y así se lo trasladamos a las profesionales, voluntarias, trabajadoras y traductoras del Centro, con quienes estamos más que agradecidas y ya hemos establecido alianzas más que fructíferas. Cómo no hacerlo.

                En nuestro interés por visililizar lo que no se ve pero existe, teníamos ganas de considerar a la comunidad sorda dentro de nuestro discurso como una minoría lingüística y no como una comunidad patológica, “dis-capaz” y medicalizada. Al fin y al cabo, ser reconocida como una minoría lingüística sigue siendo una de sus mayores reivindicaciones, y no podíamos dejar pasar la ocasión de escuchar las demandas de la propia comunidad y dejar a un lado las que la sociedad capacitista –que abre una brecha segregadora entre los cuerpos que considera capaces y los que considera discapaces- o la comunidad médica creen que tienen. Esto supone entender la sordera como lo que es, un hecho cultural –como podría serlo la raza, la tendencia sexual, etc.- y no como una patología o una discapacidad.

                Lo explica muchísimo mejor que yo Raquel (Lucas) Platero en “Intersecciones:cuerpos y sexualidades en la encrucijada”. Una fantástica compilación de ensayos breves que ya va por la segunda edición y cuya lectura ha sido clave para propiciar el encuentro entre “La cabra se echa al monte” y el Centro Cultural de Personas Sordas de Palencia. Un ensayo imprescindible que reflexiona, precisamente, a cerca de cómo las diversidades se convierten en hechos culturales que atraviesan el cuerpo y lo impregnan de lecturas y dialécticas posibles.

                “La exclusión de las personas cuyos cuerpos funcionan de una manera diferente, proviene, en el fondo, del hecho de que esos cuerpos no satisfacen los estándares de productividad y autonomía funcional exigidos por nuestra sociedad, que ha instituido el trabajo productivo como principal vía de acceso a la independencia y a la ciudadanía”. El sistema, por su parte, “en lugar de promocionar su autonomía, se dedica a mantenerlos en un estado de dependencia física y emocional constante que justifique la existencia y mantenimiento de dicho sistema”.

                Desde la oportunidad que le ha brindado el proyecto del MUSAC “Del mapa al territorio”, “La cabra se echa al monte” ha querido, precisamente, cuestionar los límites y evidenciar la porosidad de éstos, así como establecer alianzas más que necesarias y, hasta ahora parecía que imposibles, entre colectivos que trabajan por la diversidad dentro del territorio, ya sea desde una perspectiva artística o sociocomunitaria.

                La traducción siempre es un viaje y éste ha sido apasionante, además de posible.
  

viernes, 21 de marzo de 2014

Se adoran

En el colegio de monjas en el que yo estudié había una capilla grande y ancha como una fiesta. Sólo que nunca era una fiesta, sino una especie de iglesia enorme, dentro de un colegio aún más grande todavía. Cuando la primavera llegaba a su punto cumbre, y los días crecían de un modo paralelo a las esperanzas de que el fin del curso escolar llegase, era el momento que las monjas elegían para adorar a la virgen y mayo era, sin duda, siempre el mes elegido.
                Supongo que habrá mil excusas teologales que hayan querido darse y explicarse al hecho de que sea, precisamente, el mes de la primavera, el solecito y la polinización, el mes dedicado a la Virgen, quien representa, precisamente, más bien lo opuesto al intenso y sexuado despertar hormonado de la vida. Pero el caso es que todos los viernes del mes de mayo –y en ocasiones las fechas se repetían también entre semana- llevábamos flores a la Virgen allí, en la capilla; porque la Virgen era buena, y era la madre de Dios y todo eso y, por lo visto, también le gustaban las flores, especialmente el mes de mayo, de un modo casi desmedido. Así que nuestras madres compraban gladiolos, o cualquier otra flor blanca de pureza ejemplar y ejemplarizante, que después ofrecíamos en frondosos y castos ramos adornados a tal efecto, en uno de los laterales del altar mayor, que era donde la figura policromada de la Virgen Madre se encontraba, casi escondida, porque el lugar presidencial de la capilla siempre lo ocupaba un Cristo. Fuese como fuese. Llevábamos flores, cantábamos canciones que tenían muchas veces la palabra “madre” y la palabra “pura” y la palabra “santa” y, por lo que respecta a la pérdida de considerables minutos de las clases de matemáticas –a primera hora casi siempre- el mes de mayo éramos, hormonal y matemáticamente hablando, un poco más felices.


                Pero el 31 de mayo no tardaba nunca en llegar, y con él y el nuevo mes, desaparecía de pronto esa especie de amor fervoroso y urgente que debíamos sentir hacia la Virgen. Ese protagonismo de la figura virginal, esa devoción mariana, se esfumaba tan rápido como la vida de aquellos blanquísimos gladiolos, mustios ya, encogidos, secos y renegridos apenas unos días después de ser entregados en ofrenda.
                De la Virgen no se volvía a saber nada hasta nueva orden, esto es, hasta el año siguiente, cuando el mes de mayo llegaba de nuevo y con él, el fervor mariano y los gladiolos. El resto del año se seguía yendo a la capilla del colegio, por supuesto, pero a la Virgen, cuya policromía estaba bien apartada del altar mayor, no se le hacía ni caso, y las canciones que se cantaban el resto del año decían cosas como “padre”, “nuestro señor” o “Dios”, pero nada de “pureza” o de “flores”.

                Crecí. Terminé mis estudios en un instituto público, y después en una universidad pública y como no tardé en aprender que “a quien madruga dios no existe” he vivido, en la medida de lo posible, al margen de preceptos y consignas religiosas. Y digo en la medida de lo posible porque vivo en un país en el que, todavía, se mezcla la política con la religión; donde los líderes eclesiásticos tienen en los medios de comunicación más protagonismo y más poder que la educación, la cultura o los servicios sociales; donde el parlamento no legisla tanto a golpe de libros civiles como sagrados y donde los zapatos de los ministros parecen pisar las calles mucho menos de lo que parecen frecuentar las sacristías.

                En cualquier caso, con los pies ya en suelo laico, en todo lo laico que puede ser este suelo, vengo a notar ciertas consignas que empiezan a sonarme familiares; como si aquellos gladiolos virginales de mi adolescencia hubiesen venido hasta aquí, y se hubiesen hecho de nuevo, un hueco en tierra pagana, sólo que cambiando mayo por marzo, por el 8 de marzo, concretamente. Así, si mayo era el mes de la Virgen, marzo es el mes de “la mujer”. Una mujer que, tal y como es presentada en los medios, dista poco de la madre de Dios. Abnegada, virginal, entregada a los cuidados, madre o deseosa de serlo, y un sinfín de adjetivos más que funcionan a modo de coraza social, de dispositivo opresor y peligrosísimo, que genera una imagen estereotipada de lo que ha de ser una mujer, y que penaliza y deja fuera a todas las demás.
         
       Durante el mes de marzo, con motivo del Día Internacional de la Mujer, se organizan actos para hablar de las mujeres, exposiciones de mujeres, actividades para las mujeres y un sinfín de eventos que, más que para visibilizar las profunda brecha existente entre géneros, cada vez más pronunciada y vergonzosa, parecen ideados para que el poder patriarcal –porque ellos se adoran, esa es la verdad- muestre lo bondadoso que es “cediendo” por esos días “su lugar” en la sociedad, más que hegemónico.

              
Pero el mes de marzo pasa y las mujeres –y todos aquellos cuerpos que no encajen en el concepto biológico de “hombre”- siguen siendo objeto de abuso laboral, de terrorismo machista, de acoso callejero, de invisibilización, de brecha salarial, de precarización laboral, de explotación sexual, de tutela de sus cuerpos, de imposibilidad de acceder a posiciones de poder y de un sinfín de abusos y violencias de alta y baja intensidad, que hubiesen sido atajadas hace mucho, si en el centro de este altar nuestro –laico o no, pero siempre heteropatriarcal- no estuviese impertérrita la figura del pantocrátor, del hombre, del macho, del dios, del señor generoso o justiciero, eso da igual, bondadoso o cruel, pero cargado de poderes todo el año, de flores todo el año, como un enorme e inagotable devorador de los derechos de las otras encantado de haberse conocido.

                 

jueves, 27 de febrero de 2014

"Todos somos personas" y otras basuras epistemológicas



"Eres una máquina, eres una piedra, eres una planta, eres un animalito" (Hidrogenesse)


Acabo de terminar la lectura del que se ha convertido en uno de mis libros de referencia del que era ya, uno de los escritores a los que colocaría en un póster en la pared de mi habitación, si mi vena mítica fuese más fuerte que yo. Que no es el caso. Fantaseo con la idea de la cara de Enrique Vila-Matas en la pared de la habitación, con la idea de Vila-Matas viéndome dormir, viéndome follar, haciendo juicios literarios a cerca de las posturas, de las filias, de los flujos, de los tiempos, de las perversiones, de las salivas, de los cuerpos. Pienso en Vila-Matas enjuiciando la textura y los usos de mi saliva en mi dormitorio, como si mi dormitorio fuese el chambre de París que Marguerite Duras le alquiló en su día. Pienso en Marguerite Duras charlando con Vila-Matas sobre mis encuentros sexuales, sobre nuestras salivas, pienso en Saigón y en la Conchinchina, pienso que la Conchinchina ya no existe, como casi todo, como mis ganas de follar, que se diluyeron en la imagen de Vila-Matas espiando mi cuarto desde la pared, como hiciera en su día Virginia Woolf con el propio Vila-Matas. Porque no siempre las fantasías sexuales están, necesariamente, al servicio de tus propias expectativas. Ni de las sexuales, ni de las literarias. 

Quiero apartar de mí esas imágenes. La de Vila-Matas en mi cuarto y la de Vila-Matas con Marguerite charlando sobre lo que pasa en la chambre, lo que pasa conmigo y con los cuerpos. Sé que para conseguirlo he de quedarme a solas, huérfano de quimeras literarias -es lo que pasa cuando se acaba un libro que resulta ser casi EL LIBRO- y siempre que esto me pasa, me voy de lo particular a lo general, como un gato siamés poniendo a prueba las ventanas de lxs otrxs, las ventanas de los chambres de otrxs que no sean Vila-Matas o Marguerite Duras. Hago una búsqueda en Google, dónde si no borrar para siempre los nombres. Hago una búsqueda en Google con el texto siguiente: todos somos personas. Y Google dice que 237.000.000 entradas. Todos somos personas, dice, al tiempo que se diluyen Enrique y Marguerite, y yo me asusto, hasta desaparecer del todo. 237.000.000.

Cada vez que alguien pronuncia o escribe esa oración atributiva, "todos somos personas", un gatito siamés con nombre propio, Cricrí, pongamos, o Demóstenes, si lo prefieren, muere de pena y anonimato estampado contra un suelo mucho más específico que todas las ventanas. La enfermedad generalista es, de todas las dolencias del discurso, la más potencialmente peligrosa, porque ataca a todas las partes del cuerpo del discurso por igual y es verdaderamente difícil, por no decir que es casi imposible, atajarla del todo y, antes bien, atajarla a tiempo. El "todos somos personas" es el VIH del discurso. Ataca a las defensas de éste, le impide generar anticuerpos con los que defenderse de específicos ataques, de específicas dolencias, y lo debilita hasta el punto de dejarlo completamente vulnerable no ya ante otros discursos, sino incluso ante su propia retórica, ante la propia dialéctica consigo mismo.

Imaginen la sociedad como un cuerpo. Como un cuerpo social, donde cada uno de sus agentes fuese un órgano, una extremidad, una zona, un hueso, una glándula, una vena, un músculo, un nervio, un aliado de la química orgánica. Imaginen ese cuerpo diciendo "me duele el cuerpo". Imagínenlo espetándole a la facultativa, en plena consulta, aquello de "todos somos cuerpo". Imposible atajar así el dolor específico, hallar los motivos concretos que generan la enfermedad. Porque toda la enfermedad es una enfermedad concreta, en la que intervienen, por supuesto, diversos factores que se entrelazan, conjugan y atraviesan y que tienen un papel más o menos directo en dicha dolencia. Pero si la generalización es tal que el bosque no nos deja ver el bosque, y acabamos diciéndole al gato que este mundo está hecho de ventanas, el minino, confiado, nos creerá y, confiado, saltará por la ventana de la cocina pensando que es a otra ventana de otra cocina a donde salta, en vez de al vacío de 20 metros de altura que le hará impactar de un modo letal, contra el suelo de un patio de luces. Y ni rastro de ventanas. 

Días después, los preconizadores del "todo somos personas", degradarán al gato a la categoría de "suicida", y aquí paz y después gloria.

Me sigue llamando la atención, eso sí, que precisamente quienes más preconizan el discurso generalista e invisibilizador de los 237.000 millones de entradas en el google, sean lxs mismxs que necesitan luego, de un modo casi enfermizo, verse identificadxs con todo y en todo, en cada lugar y en cada momento. Es algo que no logro entender porque, si todos somos personas, así, en general, no veo a qué tanto revuelo con tenerse que ver en todos los espejos, si se supone que todos los reflejos son el mismo reflejo. 

Pero en el fondo, lxs vocerxs del "todos somos personas" (que es el "todos los políticos son iguales" de la sociología y el activismo) saben que no es así. En el fondo saben que esa oración atributiva -y agramatical*, por cierto-, está al servicio de la invisibilización de las diversidades, de los cuerpos específicos y de los sujetos que se encuentran en una situación o situaciones, vivenciales o no, que divergen de lo hegemónico que se esconde en el sustantivo "persona" del envenenado "todos somos personas". Pues dependiendo de qué persona se sea (clase, raza, etnia, cultura, formación, tendencia sexual, género, funcionalidad, etc...) recibirá un tratamiento, no sólo social, sino también administrativo, legal, laboral, identitario, estructural e incluso epistemológico. 

Decir "todos somos personas" no es que no aporte nada a ninguna clase de lucha social. Aporta. Y mucho. Aporta ruido, aporta hedor, luz de gas y mucha caca. Porque emborrona toda especificidad, la diluye, trata de borrar las diferencias, del mismo modo que trató, por ejemplo, de hacerlo en nazismo o el nacionalcatolicismo aquí en España. El "todos somos personas" es el nuevo "todos somos hijos de dios" de los beatísimos generales, y que esto salga de quienes dicen ser activistas preocupados por los derechos sociales, que salga de bocas que dicen ser feministas, no sólo es insultante y aterrador, sino que resulta realmente nocivo. Sobretodo porque, en líneas generales, este tipo de enunciados suelen salir de bocas que se encuentran en situación de privilegio con respecto a otras, lo que viene a demostrar que, en efecto, en el sustantivo "persona" están implícitos los significados connotativos vinculados a la hegemonía de clase, raza, etnia, cultura, formación, tendencia sexual, género, funcionalidad, etc. y son todos esos significados hegemónicos los que se postulan y, por tanto se refuerzan, en este tipo de enunciados aparentemente positivos o buenistas, pero cargados de veneno al fin y al cabo. De ese veneno nocivo, más nocivo aún que el propio veneno, que es el que no se ve.

Venenos que borran toda identidad y, con ello, todo cambio posible. Venenos que invisibilizan quienes somos, quien es cada quien, y nos impiden postularnos como álguienes, obligándonos a cumplir cualquieridades. Los totalitarismos de los "todos", 237.000.000, que me roban el ADN cultural que reside en mi saliva, cada vez que Enrique y Marguerite hablan sobre los usos que yo le doy a ésta.
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* La oración "todos somos personas" es claramente agramatical, puesto que el sujeto "todos" -masculino plural- no concuerda en género con el atributo "personas" -femenino plural-, lo que no deja, además, de poner de manifiesto que la hegemonía, en este caso de género, está por encima, incluso, no sólo de la gramática, sino también de los propios significados, de la propia semántica del enunciado (que, aparentemente, defiende justamente lo contrario, la presunta igualación y, por tanto, la desaparición de dicha hegemonía).


domingo, 9 de febrero de 2014

GALLARDÓN Y UN GATO PERSA

Algunas decisiones se toman a lo loco. Es verdad.

                Sin embargo, hay veces que tenemos la obligación, pero también la potestad, de hacer que nuestras decisiones afecten de un modo directo a las vidas de las demás, incluso en los casos en los que esas mismas decisiones que tomemos, no tenga apenas incidencia directa en nuestras vidas. Es en esos casos en los que tenemos en nuestro haber un poder inmenso, casi imposible de describir aquí, un poder fácilmente inabarcable, muy parecido al que detentaban los monarcas europeos antes de la caída del antiguo régimen, y es por eso que, cuando tenemos todo ese power en nuestras manos, tenemos muchas posibilidades de convertirnos precisamente en eso, en señores monarcas despóticos y tiranos, por los que no parece haber pasado aún ni el Siglo de las Luces.

                Cuando eso pasa, cuando somos una de esas personas que tiene un enorme poder sobre las otras, un poder grandísimo que nos permite tomar decisiones sobre sus vidas que afecten directamente a éstas, a sus decisiones laborales, personales, económicas, familiares y socioafectivas, tenemos el dedo sobre un botón rojo. Que la bomba les estalle o no, sólo depende de nosotros. Y con las bombas se pueden hacer muchas cosas. Pueden desactivarse, pueden reprogramarse o pueden hacerse explotar. Evidentemente, sentir todo ese poder concentrado ahí, en la puntita de nuestro dedo índice, tiene que ser un verdadero subidón, para qué engañarnos. Sobre todo sabiendo que uno está a salvo, sobre todo sabiendo que cuando uno apriete el botón rojo y todo se vaya a la mierda, ese todo que se irá al carajo será precisamente el todo de las demás, el todo de las otras, de esas que, precisamente, poco o nada tienen que ver con uno, con el propietario del dedo índice que activó el botón, con el artífice de que otros “todos” se fuesen a la mierda.

              
       Lo que quiero decir, sin más ambages, es que tiene que ser pura adrenalina y sensación inmensa de poder, tener el dedito índice derecho sobre el botón rojo del que dependen las vidas de los demás. Tiene que ser puro alcaloide llamarte Alberto Ruiz Gallardón, y vestirte de traje y vivir como si esto y como si lo otro, mientras tanto. Lo imagino ahí, en su despacho; un despacho algo decadente, pero señorial, en cualquier caso, con algún toque chic, eso sí, con algún objeto de diseño que recuerde vagamente al minimalismo industrial de finales de los sesenta, de cuando el amor libre y todo eso. Qué cosas. La butaca grande, enérgica pero cómoda; confortable. Una butaca de un cuero negro de tremendo brillo impetuoso que un equipo de limpieza lustra con dedicación diaria. Igual que las estanterías, repletas de libros de leyes -como dios manda-, atestadas de legajos, de códigos penales, doctrinas y jurisprudencias, como le es propio a un jurista de su talla. Y en el centro del despacho, casi majestuoso sobre la alfombra tejida a mano, regalo de vaya usted a saber qué embajador de Extremo Oriente, erguido como un falo mítico, como el símbolo de poder que en verdad representa, el alto y señorial escritorio tallado en madera maciza y sobre él, insertado en la misma madera, ahí, entre la grapadora y el portarretratos digital con fotos de familia, discreto pero potencialmente letal, asoma, inquietante, el botón rojo.


                Lo imagino sentado ahí, en el butacón de cuero negro, con el brazo derecho algo 
extendido sobre el escritorio, apenas unos centímetros de distancia entre la yema de su dedo índice y el detonador, jugando a pasearse sin reparos por el miedo de las demás, tamborileando sobre el miedo de las demás, fantaseando con la posibilidad más que evidente de hacer estallar las vidas de otras, y vigilando a sus enemigas desde el monitor de su Mac, observando los movimientos cotidianos de la enemiga mientras ríe para dentro con mueca mordaz y acaricia el lomo blanco de un gato persa adorable que sostiene entre sus brazos.

                La imagen, no por siniestra menos ridícula, se parece demasiado a la que proyectan los villanos simplones de los dibujos animados, y si no fuésemos nosotras las que aparecemos en el monitor de su Mac, sus enemigas, podríamos decir que ese villano mísero y malvado se nos hace, por pura presencia y cercanía, casi como de la familia. Gallardón podría, llegado el caso, convertirse en, qué se yo, un Gárgamel cualquiera, si no fuese, claro, porque esta vez los pitufos somos nosotras. Y digo nosotras, y no nosotros, porque son los cuerpos potencialmente gestantes los que aparecen en la pantalla de su despacho. Digo nosotras y no nosotros porque son las vidas de los cuerpos potencialmente gestantes las que se tutelan, se vulneran, se condicionan, se legislan, se controlan y se vigilan desde ahí. Oigo a menudo decir que la retrógrada y ultra conservadora Ley Orgánica de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos -expropiados- de la Mujer Embarazada de Gallardón es un problema que afecta a hombres y mujeres, pero no es cierto. Otra cosa es que, por extensión, obviamente, afecte a toda la sociedad. Pero lo que es evidente es que los cuerpos de los sujetos que sociabilizan como hombres y que no son potencialmente gestantes no han sido expropiados por el poder. De hecho, en una sociedad profundamente patriarcal como la nuestra, si esto hubiese sido así, las numerosísimas manifestaciones que se vienen llevando a cabo en todo el territorio español hubiesen sido muchísimo más secundadas y divulgadas por los medios.  Si esto hubiese sido así, si los cuerpos no gestantes hubiesen sido los expropiados, aquí ya se habría armado una buena. Una buena de verdad.


                Pero el tiempo es terco casi siempre y las sagas de dibujos animados son largas. Todo poder cae a impulsos del mal que ha hecho y cada falta que ha cometido se convierte, tarde o temprano, en un ariete que contribuye a derribarlo, dijo una vez Concepción Arenal. Por eso, creo que sólo es cuestión de tiempo que el villano caiga, porque estamos organizadas, esperando sólo el momento de cortar los cables, desalojar el despacho y darle, a ese gato persa, una vida digna.