domingo, 13 de abril de 2014

La sordera y otros hechos culturales

El Museo de Arte Contemporáneo de León, o MUSAC, para más señas, plantea dentro de su Proyecto Vitrinas, la propuesta “Del mapa al territorio: colectivos y espacios independientes en Castilla y León”, con el fin de visibilizar a todos aquellos proyectos y/o colectivos de carácter artístico-cultural que existen –o han existido, pues también recoge alguna que otra apuesta con carácter retrospectivo- en el territorio de Castilla y León. Como ya habrán imaginado, la idea es dar voz a aquellas agrupaciones o movimientos autogestionados por las propias artistas de manera independiente y que, en su mayoría, poco a nada tienen que ver con los circuitos institucionales, o al menos no de un modo fundacional y/o continuo. Son colectivos precarios y heterogéneos, fluctuantes y móviles, que conforman el tejido sociocultural más contemporáneo y expresivo de nuestra comunidad y todos ellos tienen, también una fuerte implicación social, ya sea por cómo están concebidos, por la filosofía de trabajo que marca sus directrices, o por el tipo de planteamiento artístico que promueven, y que pasa por concebir el arte y todas sus expresiones en un medio, en un instrumento de cambio social.

                Uno de los proyectos que han sido recogidos en ese gran mapa virtual que las vitrinas del vestíbulo del MUSAC albergarán durante unos meses es el proyecto llamado “La cabra se echa al monte”. Apuesta de nombre extraño y formas más extrañas y mutables todavía, que nació hace menos de un año en forma de Festival en la localidad de Monzón de Campos (Septiembre 2013), y del que tengo el placer de formar parte. Este proyecto, que se mueve con el deseo de visibilizar las prácticas artísticas contemporáneas vinculadas al territorio cuestionando, además, los límites de éste, nace también con una clara vocación de cambio social, cuestionando los límites, no sólo de los géneros decimonónicos en el arte, sino del concepto mismo de género, en todas sus acepciones, así como de los términos espaciales entre lo físico y lo virtual, lo habitado y lo no habitado, lo “capaz” y lo “no capaz”, etc.

                Mientras dábamos vueltas a las posibles formas de presentar este “animal” –tan castellano- al MUSAC, y darle forma audiovisual, vimos la clara necesidad, por el propio pulso del proyecto y por su código fundacional, de proporcionar a las espectadoras la mayor accesibilidad posible, para que las experiencias en relación a la presentación del Proyecto de “La Cabra se echa al monte” en el marco de “Del Mapa al territorio” fuesen lo más diversas y experienciales posibles, pues diversidad y experimentación son, al fin y al cabo, mimbres con los que también está entretejido el proyecto.

                Se hacía, por tanto, necesario, contactar con el Centro Cultural de PersonasSordas de Palencia, explicarles el proyecto, y pedirles su implicación en el mismo. La idea no era “trasladar” el contenido de nuestro pequeño ejercicio audiovisual a la lengua de signos, sino traducirlo. Traducirlo como se traduce del castellano a cualquier otra lengua: no copiando, sino enriqueciendo. Nos pareció interesante –y necesario- plantearnos el asunto, no tanto desde una óptica de accesibilidad, que también, sino desde la óptica de la traducción, haciendo desaparecer así cualquier tinte de “buenismo” que victimizase a la comunidad sorda, y así se lo trasladamos a las profesionales, voluntarias, trabajadoras y traductoras del Centro, con quienes estamos más que agradecidas y ya hemos establecido alianzas más que fructíferas. Cómo no hacerlo.

                En nuestro interés por visililizar lo que no se ve pero existe, teníamos ganas de considerar a la comunidad sorda dentro de nuestro discurso como una minoría lingüística y no como una comunidad patológica, “dis-capaz” y medicalizada. Al fin y al cabo, ser reconocida como una minoría lingüística sigue siendo una de sus mayores reivindicaciones, y no podíamos dejar pasar la ocasión de escuchar las demandas de la propia comunidad y dejar a un lado las que la sociedad capacitista –que abre una brecha segregadora entre los cuerpos que considera capaces y los que considera discapaces- o la comunidad médica creen que tienen. Esto supone entender la sordera como lo que es, un hecho cultural –como podría serlo la raza, la tendencia sexual, etc.- y no como una patología o una discapacidad.

                Lo explica muchísimo mejor que yo Raquel (Lucas) Platero en “Intersecciones:cuerpos y sexualidades en la encrucijada”. Una fantástica compilación de ensayos breves que ya va por la segunda edición y cuya lectura ha sido clave para propiciar el encuentro entre “La cabra se echa al monte” y el Centro Cultural de Personas Sordas de Palencia. Un ensayo imprescindible que reflexiona, precisamente, a cerca de cómo las diversidades se convierten en hechos culturales que atraviesan el cuerpo y lo impregnan de lecturas y dialécticas posibles.

                “La exclusión de las personas cuyos cuerpos funcionan de una manera diferente, proviene, en el fondo, del hecho de que esos cuerpos no satisfacen los estándares de productividad y autonomía funcional exigidos por nuestra sociedad, que ha instituido el trabajo productivo como principal vía de acceso a la independencia y a la ciudadanía”. El sistema, por su parte, “en lugar de promocionar su autonomía, se dedica a mantenerlos en un estado de dependencia física y emocional constante que justifique la existencia y mantenimiento de dicho sistema”.

                Desde la oportunidad que le ha brindado el proyecto del MUSAC “Del mapa al territorio”, “La cabra se echa al monte” ha querido, precisamente, cuestionar los límites y evidenciar la porosidad de éstos, así como establecer alianzas más que necesarias y, hasta ahora parecía que imposibles, entre colectivos que trabajan por la diversidad dentro del territorio, ya sea desde una perspectiva artística o sociocomunitaria.

                La traducción siempre es un viaje y éste ha sido apasionante, además de posible.
  

viernes, 21 de marzo de 2014

Se adoran

En el colegio de monjas en el que yo estudié había una capilla grande y ancha como una fiesta. Sólo que nunca era una fiesta, sino una especie de iglesia enorme, dentro de un colegio aún más grande todavía. Cuando la primavera llegaba a su punto cumbre, y los días crecían de un modo paralelo a las esperanzas de que el fin del curso escolar llegase, era el momento que las monjas elegían para adorar a la virgen y mayo era, sin duda, siempre el mes elegido.
                Supongo que habrá mil excusas teologales que hayan querido darse y explicarse al hecho de que sea, precisamente, el mes de la primavera, el solecito y la polinización, el mes dedicado a la Virgen, quien representa, precisamente, más bien lo opuesto al intenso y sexuado despertar hormonado de la vida. Pero el caso es que todos los viernes del mes de mayo –y en ocasiones las fechas se repetían también entre semana- llevábamos flores a la Virgen allí, en la capilla; porque la Virgen era buena, y era la madre de Dios y todo eso y, por lo visto, también le gustaban las flores, especialmente el mes de mayo, de un modo casi desmedido. Así que nuestras madres compraban gladiolos, o cualquier otra flor blanca de pureza ejemplar y ejemplarizante, que después ofrecíamos en frondosos y castos ramos adornados a tal efecto, en uno de los laterales del altar mayor, que era donde la figura policromada de la Virgen Madre se encontraba, casi escondida, porque el lugar presidencial de la capilla siempre lo ocupaba un Cristo. Fuese como fuese. Llevábamos flores, cantábamos canciones que tenían muchas veces la palabra “madre” y la palabra “pura” y la palabra “santa” y, por lo que respecta a la pérdida de considerables minutos de las clases de matemáticas –a primera hora casi siempre- el mes de mayo éramos, hormonal y matemáticamente hablando, un poco más felices.


                Pero el 31 de mayo no tardaba nunca en llegar, y con él y el nuevo mes, desaparecía de pronto esa especie de amor fervoroso y urgente que debíamos sentir hacia la Virgen. Ese protagonismo de la figura virginal, esa devoción mariana, se esfumaba tan rápido como la vida de aquellos blanquísimos gladiolos, mustios ya, encogidos, secos y renegridos apenas unos días después de ser entregados en ofrenda.
                De la Virgen no se volvía a saber nada hasta nueva orden, esto es, hasta el año siguiente, cuando el mes de mayo llegaba de nuevo y con él, el fervor mariano y los gladiolos. El resto del año se seguía yendo a la capilla del colegio, por supuesto, pero a la Virgen, cuya policromía estaba bien apartada del altar mayor, no se le hacía ni caso, y las canciones que se cantaban el resto del año decían cosas como “padre”, “nuestro señor” o “Dios”, pero nada de “pureza” o de “flores”.

                Crecí. Terminé mis estudios en un instituto público, y después en una universidad pública y como no tardé en aprender que “a quien madruga dios no existe” he vivido, en la medida de lo posible, al margen de preceptos y consignas religiosas. Y digo en la medida de lo posible porque vivo en un país en el que, todavía, se mezcla la política con la religión; donde los líderes eclesiásticos tienen en los medios de comunicación más protagonismo y más poder que la educación, la cultura o los servicios sociales; donde el parlamento no legisla tanto a golpe de libros civiles como sagrados y donde los zapatos de los ministros parecen pisar las calles mucho menos de lo que parecen frecuentar las sacristías.

                En cualquier caso, con los pies ya en suelo laico, en todo lo laico que puede ser este suelo, vengo a notar ciertas consignas que empiezan a sonarme familiares; como si aquellos gladiolos virginales de mi adolescencia hubiesen venido hasta aquí, y se hubiesen hecho de nuevo, un hueco en tierra pagana, sólo que cambiando mayo por marzo, por el 8 de marzo, concretamente. Así, si mayo era el mes de la Virgen, marzo es el mes de “la mujer”. Una mujer que, tal y como es presentada en los medios, dista poco de la madre de Dios. Abnegada, virginal, entregada a los cuidados, madre o deseosa de serlo, y un sinfín de adjetivos más que funcionan a modo de coraza social, de dispositivo opresor y peligrosísimo, que genera una imagen estereotipada de lo que ha de ser una mujer, y que penaliza y deja fuera a todas las demás.
         
       Durante el mes de marzo, con motivo del Día Internacional de la Mujer, se organizan actos para hablar de las mujeres, exposiciones de mujeres, actividades para las mujeres y un sinfín de eventos que, más que para visibilizar las profunda brecha existente entre géneros, cada vez más pronunciada y vergonzosa, parecen ideados para que el poder patriarcal –porque ellos se adoran, esa es la verdad- muestre lo bondadoso que es “cediendo” por esos días “su lugar” en la sociedad, más que hegemónico.

              
Pero el mes de marzo pasa y las mujeres –y todos aquellos cuerpos que no encajen en el concepto biológico de “hombre”- siguen siendo objeto de abuso laboral, de terrorismo machista, de acoso callejero, de invisibilización, de brecha salarial, de precarización laboral, de explotación sexual, de tutela de sus cuerpos, de imposibilidad de acceder a posiciones de poder y de un sinfín de abusos y violencias de alta y baja intensidad, que hubiesen sido atajadas hace mucho, si en el centro de este altar nuestro –laico o no, pero siempre heteropatriarcal- no estuviese impertérrita la figura del pantocrátor, del hombre, del macho, del dios, del señor generoso o justiciero, eso da igual, bondadoso o cruel, pero cargado de poderes todo el año, de flores todo el año, como un enorme e inagotable devorador de los derechos de las otras encantado de haberse conocido.

                 

jueves, 27 de febrero de 2014

"Todos somos personas" y otras basuras epistemológicas



"Eres una máquina, eres una piedra, eres una planta, eres un animalito" (Hidrogenesse)


Acabo de terminar la lectura del que se ha convertido en uno de mis libros de referencia del que era ya, uno de los escritores a los que colocaría en un póster en la pared de mi habitación, si mi vena mítica fuese más fuerte que yo. Que no es el caso. Fantaseo con la idea de la cara de Enrique Vila-Matas en la pared de la habitación, con la idea de Vila-Matas viéndome dormir, viéndome follar, haciendo juicios literarios a cerca de las posturas, de las filias, de los flujos, de los tiempos, de las perversiones, de las salivas, de los cuerpos. Pienso en Vila-Matas enjuiciando la textura y los usos de mi saliva en mi dormitorio, como si mi dormitorio fuese el chambre de París que Marguerite Duras le alquiló en su día. Pienso en Marguerite Duras charlando con Vila-Matas sobre mis encuentros sexuales, sobre nuestras salivas, pienso en Saigón y en la Conchinchina, pienso que la Conchinchina ya no existe, como casi todo, como mis ganas de follar, que se diluyeron en la imagen de Vila-Matas espiando mi cuarto desde la pared, como hiciera en su día Virginia Woolf con el propio Vila-Matas. Porque no siempre las fantasías sexuales están, necesariamente, al servicio de tus propias expectativas. Ni de las sexuales, ni de las literarias. 

Quiero apartar de mí esas imágenes. La de Vila-Matas en mi cuarto y la de Vila-Matas con Marguerite charlando sobre lo que pasa en la chambre, lo que pasa conmigo y con los cuerpos. Sé que para conseguirlo he de quedarme a solas, huérfano de quimeras literarias -es lo que pasa cuando se acaba un libro que resulta ser casi EL LIBRO- y siempre que esto me pasa, me voy de lo particular a lo general, como un gato siamés poniendo a prueba las ventanas de lxs otrxs, las ventanas de los chambres de otrxs que no sean Vila-Matas o Marguerite Duras. Hago una búsqueda en Google, dónde si no borrar para siempre los nombres. Hago una búsqueda en Google con el texto siguiente: todos somos personas. Y Google dice que 237.000.000 entradas. Todos somos personas, dice, al tiempo que se diluyen Enrique y Marguerite, y yo me asusto, hasta desaparecer del todo. 237.000.000.

Cada vez que alguien pronuncia o escribe esa oración atributiva, "todos somos personas", un gatito siamés con nombre propio, Cricrí, pongamos, o Demóstenes, si lo prefieren, muere de pena y anonimato estampado contra un suelo mucho más específico que todas las ventanas. La enfermedad generalista es, de todas las dolencias del discurso, la más potencialmente peligrosa, porque ataca a todas las partes del cuerpo del discurso por igual y es verdaderamente difícil, por no decir que es casi imposible, atajarla del todo y, antes bien, atajarla a tiempo. El "todos somos personas" es el VIH del discurso. Ataca a las defensas de éste, le impide generar anticuerpos con los que defenderse de específicos ataques, de específicas dolencias, y lo debilita hasta el punto de dejarlo completamente vulnerable no ya ante otros discursos, sino incluso ante su propia retórica, ante la propia dialéctica consigo mismo.

Imaginen la sociedad como un cuerpo. Como un cuerpo social, donde cada uno de sus agentes fuese un órgano, una extremidad, una zona, un hueso, una glándula, una vena, un músculo, un nervio, un aliado de la química orgánica. Imaginen ese cuerpo diciendo "me duele el cuerpo". Imagínenlo espetándole a la facultativa, en plena consulta, aquello de "todos somos cuerpo". Imposible atajar así el dolor específico, hallar los motivos concretos que generan la enfermedad. Porque toda la enfermedad es una enfermedad concreta, en la que intervienen, por supuesto, diversos factores que se entrelazan, conjugan y atraviesan y que tienen un papel más o menos directo en dicha dolencia. Pero si la generalización es tal que el bosque no nos deja ver el bosque, y acabamos diciéndole al gato que este mundo está hecho de ventanas, el minino, confiado, nos creerá y, confiado, saltará por la ventana de la cocina pensando que es a otra ventana de otra cocina a donde salta, en vez de al vacío de 20 metros de altura que le hará impactar de un modo letal, contra el suelo de un patio de luces. Y ni rastro de ventanas. 

Días después, los preconizadores del "todo somos personas", degradarán al gato a la categoría de "suicida", y aquí paz y después gloria.

Me sigue llamando la atención, eso sí, que precisamente quienes más preconizan el discurso generalista e invisibilizador de los 237.000 millones de entradas en el google, sean lxs mismxs que necesitan luego, de un modo casi enfermizo, verse identificadxs con todo y en todo, en cada lugar y en cada momento. Es algo que no logro entender porque, si todos somos personas, así, en general, no veo a qué tanto revuelo con tenerse que ver en todos los espejos, si se supone que todos los reflejos son el mismo reflejo. 

Pero en el fondo, lxs vocerxs del "todos somos personas" (que es el "todos los políticos son iguales" de la sociología y el activismo) saben que no es así. En el fondo saben que esa oración atributiva -y agramatical*, por cierto-, está al servicio de la invisibilización de las diversidades, de los cuerpos específicos y de los sujetos que se encuentran en una situación o situaciones, vivenciales o no, que divergen de lo hegemónico que se esconde en el sustantivo "persona" del envenenado "todos somos personas". Pues dependiendo de qué persona se sea (clase, raza, etnia, cultura, formación, tendencia sexual, género, funcionalidad, etc...) recibirá un tratamiento, no sólo social, sino también administrativo, legal, laboral, identitario, estructural e incluso epistemológico. 

Decir "todos somos personas" no es que no aporte nada a ninguna clase de lucha social. Aporta. Y mucho. Aporta ruido, aporta hedor, luz de gas y mucha caca. Porque emborrona toda especificidad, la diluye, trata de borrar las diferencias, del mismo modo que trató, por ejemplo, de hacerlo en nazismo o el nacionalcatolicismo aquí en España. El "todos somos personas" es el nuevo "todos somos hijos de dios" de los beatísimos generales, y que esto salga de quienes dicen ser activistas preocupados por los derechos sociales, que salga de bocas que dicen ser feministas, no sólo es insultante y aterrador, sino que resulta realmente nocivo. Sobretodo porque, en líneas generales, este tipo de enunciados suelen salir de bocas que se encuentran en situación de privilegio con respecto a otras, lo que viene a demostrar que, en efecto, en el sustantivo "persona" están implícitos los significados connotativos vinculados a la hegemonía de clase, raza, etnia, cultura, formación, tendencia sexual, género, funcionalidad, etc. y son todos esos significados hegemónicos los que se postulan y, por tanto se refuerzan, en este tipo de enunciados aparentemente positivos o buenistas, pero cargados de veneno al fin y al cabo. De ese veneno nocivo, más nocivo aún que el propio veneno, que es el que no se ve.

Venenos que borran toda identidad y, con ello, todo cambio posible. Venenos que invisibilizan quienes somos, quien es cada quien, y nos impiden postularnos como álguienes, obligándonos a cumplir cualquieridades. Los totalitarismos de los "todos", 237.000.000, que me roban el ADN cultural que reside en mi saliva, cada vez que Enrique y Marguerite hablan sobre los usos que yo le doy a ésta.
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* La oración "todos somos personas" es claramente agramatical, puesto que el sujeto "todos" -masculino plural- no concuerda en género con el atributo "personas" -femenino plural-, lo que no deja, además, de poner de manifiesto que la hegemonía, en este caso de género, está por encima, incluso, no sólo de la gramática, sino también de los propios significados, de la propia semántica del enunciado (que, aparentemente, defiende justamente lo contrario, la presunta igualación y, por tanto, la desaparición de dicha hegemonía).


domingo, 9 de febrero de 2014

GALLARDÓN Y UN GATO PERSA

Algunas decisiones se toman a lo loco. Es verdad.

                Sin embargo, hay veces que tenemos la obligación, pero también la potestad, de hacer que nuestras decisiones afecten de un modo directo a las vidas de las demás, incluso en los casos en los que esas mismas decisiones que tomemos, no tenga apenas incidencia directa en nuestras vidas. Es en esos casos en los que tenemos en nuestro haber un poder inmenso, casi imposible de describir aquí, un poder fácilmente inabarcable, muy parecido al que detentaban los monarcas europeos antes de la caída del antiguo régimen, y es por eso que, cuando tenemos todo ese power en nuestras manos, tenemos muchas posibilidades de convertirnos precisamente en eso, en señores monarcas despóticos y tiranos, por los que no parece haber pasado aún ni el Siglo de las Luces.

                Cuando eso pasa, cuando somos una de esas personas que tiene un enorme poder sobre las otras, un poder grandísimo que nos permite tomar decisiones sobre sus vidas que afecten directamente a éstas, a sus decisiones laborales, personales, económicas, familiares y socioafectivas, tenemos el dedo sobre un botón rojo. Que la bomba les estalle o no, sólo depende de nosotros. Y con las bombas se pueden hacer muchas cosas. Pueden desactivarse, pueden reprogramarse o pueden hacerse explotar. Evidentemente, sentir todo ese poder concentrado ahí, en la puntita de nuestro dedo índice, tiene que ser un verdadero subidón, para qué engañarnos. Sobre todo sabiendo que uno está a salvo, sobre todo sabiendo que cuando uno apriete el botón rojo y todo se vaya a la mierda, ese todo que se irá al carajo será precisamente el todo de las demás, el todo de las otras, de esas que, precisamente, poco o nada tienen que ver con uno, con el propietario del dedo índice que activó el botón, con el artífice de que otros “todos” se fuesen a la mierda.

              
       Lo que quiero decir, sin más ambages, es que tiene que ser pura adrenalina y sensación inmensa de poder, tener el dedito índice derecho sobre el botón rojo del que dependen las vidas de los demás. Tiene que ser puro alcaloide llamarte Alberto Ruiz Gallardón, y vestirte de traje y vivir como si esto y como si lo otro, mientras tanto. Lo imagino ahí, en su despacho; un despacho algo decadente, pero señorial, en cualquier caso, con algún toque chic, eso sí, con algún objeto de diseño que recuerde vagamente al minimalismo industrial de finales de los sesenta, de cuando el amor libre y todo eso. Qué cosas. La butaca grande, enérgica pero cómoda; confortable. Una butaca de un cuero negro de tremendo brillo impetuoso que un equipo de limpieza lustra con dedicación diaria. Igual que las estanterías, repletas de libros de leyes -como dios manda-, atestadas de legajos, de códigos penales, doctrinas y jurisprudencias, como le es propio a un jurista de su talla. Y en el centro del despacho, casi majestuoso sobre la alfombra tejida a mano, regalo de vaya usted a saber qué embajador de Extremo Oriente, erguido como un falo mítico, como el símbolo de poder que en verdad representa, el alto y señorial escritorio tallado en madera maciza y sobre él, insertado en la misma madera, ahí, entre la grapadora y el portarretratos digital con fotos de familia, discreto pero potencialmente letal, asoma, inquietante, el botón rojo.


                Lo imagino sentado ahí, en el butacón de cuero negro, con el brazo derecho algo 
extendido sobre el escritorio, apenas unos centímetros de distancia entre la yema de su dedo índice y el detonador, jugando a pasearse sin reparos por el miedo de las demás, tamborileando sobre el miedo de las demás, fantaseando con la posibilidad más que evidente de hacer estallar las vidas de otras, y vigilando a sus enemigas desde el monitor de su Mac, observando los movimientos cotidianos de la enemiga mientras ríe para dentro con mueca mordaz y acaricia el lomo blanco de un gato persa adorable que sostiene entre sus brazos.

                La imagen, no por siniestra menos ridícula, se parece demasiado a la que proyectan los villanos simplones de los dibujos animados, y si no fuésemos nosotras las que aparecemos en el monitor de su Mac, sus enemigas, podríamos decir que ese villano mísero y malvado se nos hace, por pura presencia y cercanía, casi como de la familia. Gallardón podría, llegado el caso, convertirse en, qué se yo, un Gárgamel cualquiera, si no fuese, claro, porque esta vez los pitufos somos nosotras. Y digo nosotras, y no nosotros, porque son los cuerpos potencialmente gestantes los que aparecen en la pantalla de su despacho. Digo nosotras y no nosotros porque son las vidas de los cuerpos potencialmente gestantes las que se tutelan, se vulneran, se condicionan, se legislan, se controlan y se vigilan desde ahí. Oigo a menudo decir que la retrógrada y ultra conservadora Ley Orgánica de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos -expropiados- de la Mujer Embarazada de Gallardón es un problema que afecta a hombres y mujeres, pero no es cierto. Otra cosa es que, por extensión, obviamente, afecte a toda la sociedad. Pero lo que es evidente es que los cuerpos de los sujetos que sociabilizan como hombres y que no son potencialmente gestantes no han sido expropiados por el poder. De hecho, en una sociedad profundamente patriarcal como la nuestra, si esto hubiese sido así, las numerosísimas manifestaciones que se vienen llevando a cabo en todo el territorio español hubiesen sido muchísimo más secundadas y divulgadas por los medios.  Si esto hubiese sido así, si los cuerpos no gestantes hubiesen sido los expropiados, aquí ya se habría armado una buena. Una buena de verdad.


                Pero el tiempo es terco casi siempre y las sagas de dibujos animados son largas. Todo poder cae a impulsos del mal que ha hecho y cada falta que ha cometido se convierte, tarde o temprano, en un ariete que contribuye a derribarlo, dijo una vez Concepción Arenal. Por eso, creo que sólo es cuestión de tiempo que el villano caiga, porque estamos organizadas, esperando sólo el momento de cortar los cables, desalojar el despacho y darle, a ese gato persa, una vida digna.

domingo, 12 de enero de 2014

Los cañones de agosto

             

 Recuerdo un anuncio de hace ya bastante tiempo. El spot -no recuerdo qué publicitaba-, venía a reflejar algo así como todos los yoes que hay en un yo, a través de la enumeración de todas aquellas cosas que el protagonista era, dependiendo de para quién, de para qué y de para cuando. Es decir, aquel tipo, además de “Pedro” era “papa”, era “hijo”, era “cuñado”, era “cariño”, era “señor”, era “chico” y “caballero”, además de “corredor”, “jefe” y “empleado”. A simple vista, podría parecer que el personaje de dicho anuncio en cuestión sufre una especie de brote psicótico y tiene, directamente, personalidad múltiple. Otro día hablaremos de las personalidades múltiples, pero no, ahora no quiero hablar de ellas. Sí me interesa, en cambio, esa extraña sensación de ser varias cosas a un tiempo; de desempeñar varios roles a la vez que, en ocasiones, puede parecer que  llegan a entrar en conflicto entre sí. Y digo desempeñar varios roles porque, a fin de cuentas, la realidad no es otra cosa que una constante mascarada cuyas reglas todos aceptamos y convenimos en llamar “realidad”. Ser varias cosas a la vez. Serlo casi todo y que eso, como por arte de magia, sea posible. Ser el amado y el amante, el odiado y el odioso, el que manda y también quien obedece. Compaginar las dosis, las medidas, las latitudes, las intensidades, los huecos, los tamaños. Modular la voz porque eres quien canta y ajustar lo que haya en ella de acústico porque es un hecho que eres también el que escucha lo cantado.

                Escribo todo esto mientras pienso en dos cosas: en una recopilación de relatos de Enrique Vila-Matas que leí hace tiempo titulada Hijos sin hijos sobre aquellos que, como Kafka, esperan a que llegue la tarde para ir a nadar –Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde me fui a nadar, escribió en su diario en agosto de 1914- ; y en aquellos cuatro versos de Calderón que parecen, también, invitar a la displicencia burguesa y algo atormentada de aquel baño vespertino de Franz Kafka: no hay tan desdichado que no tenga un envidioso, ni hay hombre tan venturoso que no tenga un envidiado.

                Se preguntarán que por qué les cuento todo esto. Lo de Kafka y las piscinas. Lo del baño y los versos. Y no crean, que yo también me lo pregunto. Pero sospecho que tiene que ver con aquel asunto del anuncio del que les hablaba al principio, con lo de ser varias personas al mismo tiempo; con lo de hablar por boca de Kafka y también de Calderón; con ser dentro de una y al unísono, Rusia, Alemania y quienes nadan en las piscinas los días en los que estallan las grandes guerras mundiales.
                
            Hace unos días escribí un cuento. El último de lo que quiere ser una colección de cuentos ilustrados. Yo me he encargado del texto y la artista plástica y sin embargo amiga –por aquello de que los artistas plásticos no tienen muy buena prensa socioafectiva- Vesna Bolanca los ha ilustrado maravillosamente. Una colección de cuentos que ayer mismo por la mañana presentamos a concurso. Una colección de cuentos que me pone en el lugar donde explotan las bombas, aunque sea metafóricamente. Una colección de cuentos que me expone al juicio de otros, que me deja al descubierto ante las críticas, expuesto a los desperfectos, a las propias miserias, a las carencias, a los peros, a los cabos sueltos. Presentarte a un concurso no es fácil, porque de pronto hay un millón de ojos puestos en tu cogote esperando que algo pase. Lo que sea, pero algo. Y se supone que tú tienes que estar a la altura. Y se supone que no eres Rusia, pero en verdad eres Rusia casi todo el tiempo. En verdad, exponerse es bastante parecido a ser una novela de Alexander Solyenitzin. Como si tu cuerpo fuese Agosto de 1914 todo el tiempo. Y no es bonito ser Agosto de 1914. A no ser que vayas a nadar. Y ni siquiera.

                Pero ayer no fui a nadar. Por la mañana me presenté a concurso, como quien se alista voluntario, y por la tarde nada de piscina. Trabajé en casa durante horas. Un trabajo mal pagado, o pagado apenas. Un trabajo mal reconocido, o reconocido apenas. Lectura previa de novelas presentadas a concurso. A otro concurso, a un concurso cualquiera. Mi trabajo ha consistido en enjuiciar el trabajo de otros, en avivar mi espíritu crítico de lector competente, en detectar los desperfectos, las miserias ajenas, las carencias de los otros, sus peros, sus cabos sueltos. Ser jurado o lector de un concurso no es fácil, porque de pronto tienes que poner tus dos ojos en millones de cogotes literarios esperando a que algo pase. Lo que sea, pero algo. Y se supone que tú tienes que estar a la altura. Y se supone que no eres Alemania, pero en verdad eres Alemania casi todo el tiempo. En verdad, juzgar y enjuiciar es bastante parecido a ser una novela de Alexander Solyenitzin. Como si tu cuerpo fuese Agosto de 1914 todo el tiempo. Y no es bonito ser Agosto de 1914. A no ser que vayas a nadar. Y ni siquiera.

                Pero nadar ayuda. Eso está claro. Por eso hoy he ido a la piscina. Para deshacerme de lo que pudiera quedar en mí de Rusia, de Alemania y de los cañones de agosto. Porque, contra lo que pudiera pensarse, nadar no te deja indiferente, sino que te deja espacio, cierta distancia de ti mismo y tus batallas. El espacio necesario para hacer de tu cuerpo un armisticio. La tregua que uno se concede a uno mismo, pero también a los otros. La ocasión de ser a veces, sin miedo a las bombas, todos los demás.

                

jueves, 2 de enero de 2014

PEINE UNA BARBIE: Microrradiografía de un juguetólogo sexista

¿Son sexistas los juguetes? Esta es la pregunta que esta mañana se planteaba en un programa de radio. Pregunta que no podía ser respondida sin la opinión de un "experto" en la materia (yo ignoraba la existencia de juguetólogos), tutor de no sé qué web de padres. Pues porque siempre viene bien para dar betún de "objetividad" -un poquito de betún, tampoco vamos a exagerar- y así fingir que lo que se dice por los medios va a misa, valga la redundancia. 

El caso es que el experto en cuestión vino a hacer las siguientes valoraciones: 

-Los juguetes no son sexistas, pero algunos adultos sí.
-El mundo infantil no es sexista, pero el mundo adulto a veces, sí.
-Los niños copian roles sociales y hay padres que INCLUSO comparten las tareas de casa.

Bien. vayamos por partes y analicemos cada una de estas cuestiones por separado.

"Los juguetes no son sexistas pero algunos adultos sí"

A ver, querido experto. Decir que los juguetes no son sexistas pero algunos adultos sí es una perogrullada tan grande que no es necesario ser un experto para evitar que tal tontuna le salga a unx por la boca. Porque si los adultos son sexistas (y lo somos todxs, en tanto que vivimos en una sociedad que alimenta y potencia roles de género estáticos y duales), es evidente que los juguetes, fruto de esxs mismxs adultxs, también lo son. A no ser, señor experto, que vaya usted a decirme que no tenía constancia de que los juguetes eran ideados, fabricados y promocionados por adultxs... No será usted, señor experto, de ésos que están convencidos, todavía a día de hoy, de que son los elfos y duendes de Santa Claus los que confeccionan el grueso de productos del catálogo de Toys'ar us... Porque, en ese caso, sería conveniente que buscara usted, a su vez, a otrx expertx, pero esta vez en psiquiatría, que ya sé que también es sexista como disciplina y que la carga el diablo del Manual de Diagnóstico pero, créame, en casos como el de usted, puede ser de gran provecho. Porque la terapia no es molona, pero algunas veces sí.

"El mundo infantil no es sexista, pero el mundo adulto a veces sí"

Españolxs, Franco Platón ha vuelto. 
Y mira que éramos muchxs quienes pensábamos que no era posible que tanto tiempo después de aquel siglo V a.C. la existencia de dos mundos separados fuera posible, ni siquiera categóricamente. Debe de ser porque no somos expertxs. No somos sexjuguetólogxs, debe de ser por eso por lo que pensábamos que lo del mundo inteligible y el mundo sensible formaba parte de los anales de la historia de la filosofía; pero resulta que no. Resulta que, por lo que se ve, forma parte de los anales a secas. A ver, querido experto, ¿podría usted, si es tan amable, indicarme dónde queda la frontera entre el mundo infantil y el adulto? Porque o todo esto es atrezzo y yo aún no me he enterado, o ha visto usted Jumanji más veces de las que le hubiese recomendado esx psiquiatra expertx cuya visita le vuelvo a sugerir, ya que es evidente que está usted muy cerquita de la paranoia. Menos Platón y más prozac, señor experto. ¿O acaso no comprende usted, buen hombre, que el mundo es más bien como dios, léase "uno", pero sin trinar, y que las criaturas comparten globo con las personas adultas? ¿No se da cuenta de que desde incluso antes de nacer, en función del sexo pronosticado del bebé -y posteriormente diagnosticado- ya se le habla de distinto modo al no nato y se acaricia la tripa del cuerpo gestante de un modo bien distinto? Que sí, que sí. Póngase todo lo figurativo que usted quiera, señor experto. Pero si quiere ponerse literario, recuerde lo que decía Paul Eluard: hay otros mundos, pero están en éste. Están en este, señor experto. No me diga que también le va a llevar la contraria a Paul Éluard. En serio, considere lo de la terapia.

"Los niños copian roles sociales y hay padres que INCLUSO comparten las tareas de casa"

Creo que de todas las enseñanzas del experto que "expertaba" esta mañana en la radio sobre sexismo y juguetes este es, sin duda, el mayor bombazo informativo. Y claramente también mi favorita. Vale que lxs niñxs (y no lOs niñOs solamente) copian roles sociales, de hecho, si se le dedica un espacio informativo, auqnue sea de relleno y porque se acerca el 6 de enero, a si los juguetes son sexistas o no, es porque es evidente que lo son, esto es obvio. De ahí que yo señalara antes el hecho de que esta sociedad es sexista y, por tanto, el modo de dirigir y promocionar los juguetes también lo es. Sin embargo, lo que me deja pasmado de verdad en esta cita de experto es el uso del adverbio de cantidad, usado para exponenciar la labor paterna (de las madres no se sabe siquiera si existen) de aquellos super padres que, ATENCIÓN, adverbio de cantidad va, INCLUSO, repito, INCLUSO (también, además...) comparten las tareas de la casa, que son buenísimos, éstos padres. Una partícula, INCLUSO, que también puede leerse en este contexto, en vez de con una función adverbial, con una finalidad prepositiva, equivalente a HASTA, quedando la cita, más o menos, algo así: "Los niños copian roles sociales, pero hay padres (tan buenísimos) que HASTA comparten las tareas de casa (que de buenos que son se pasan, ya, los pobres)". 


Gracias, señor experto. Gracias por no decir nada a cerca del modo en que la publicidad dirige los
productos infantiles al público de uno u otro sexo (sólo dos, claro, claro). Gracias por otras perlas como "no pasa nada porque un niño quiera jugar con una cocinita". De hecho, podía haber añadido: "eso no va a hacer que su hijo sea maricón, que eso sí que ya sería un problema gordo". Gracias por no hacer un estudio, no digo profundo, que los medios de comunicación están enfadados con la profundidad, pero al menos no confuso, qué digo, no tóxico, de qué significa sexismo en los juguetes, y de por qué el modo en que éstos se presentan es profundamente sexista (niños-acción-voz en off masculina-agresividad-fuerza-ímpetu-colores oscuros-dinamismo-exteriores-música más fuerte-velocidad; VS. niñas-pasividad-cuidado-higiene-voz en off femenina-debilidad-calma-colores pasteles o rosas-estatismo-interiores-música más melódica-inmovilidad). Y cómo toooooooooda la sociedad, incluido usted, señor experto, y su enfermiza devoción al Platón más chusco y pacato, difumina y maquilla la verdad: que los juguetes no son los juguetes, sino el modo en que éstos son presentados, promocionados, empaquetados, distribuidos y vendidos; y que ese modo es tan profunda y estereotípicamente sexista como lo es su intento de no dejarlo claro. Señor experto, en serio, el DSM es una mierda pero seguro que puede hacer algo por usted. Mientras tanto, peine una Barbie, señor experto, le hará bien, INCLUSO.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Heterosexualidad, identidades, y otras formas de fraudulencia


Hay quien lo llama así, Quien lo llama asá. De mil formas. Yo lo llamo fraudulencia, que se parece al fraude, pero es mucho más simbólico y menos pragmático que éste, y por eso escuece más, y se ve menos, y los surcos que dibuja en la piel son tan dañinos como insignificantes. Va de otrxs, pero va de mí. O mejor: va de mí porque otrxs van de mí para mostrar lo mejor de ellxs mismxs. O no lo mejor, pero lo que quieren que el resto vea, en cualquier caso. La historia que quieren contar como si fuese su historia, sólo que sin tropezar para contarla.

¿Sabes cuando sabes que no es verdad la verdad? ¿Sabes cuando sabes que no va de admiración, porque quien admira respeta y quien respeta nombra? Borrar los nombres de las cosas que luces como propias es como hurgar sin permiso en los cuerpos de lxs otrxs. 

Somos lo que somos, quienes somos, en buena medida, en función de cómo nos nombramos, de cómo nos contamos ante el resto, de cómo nos mostramos al mundo. Cuando alguien se cuenta a sí mismx, se muestra al mundo de un modo que el mundo reconoce como identidad. No estoy hablando se ser genuinx, por dios, sólo hablo de ser íntegrx. Si alguien se presenta al mundo como yo, a mi modo, con mis sustantivos, con mis cadencias, con mis neuras, mis ideas, mis estructuras sintácticas, mis fobias, mis peinados, mis detritos y mis plantas de jardín, no está queriendo ser yo, sino usurpar mi identidad. Identidad que se nutre a cada paso de esa pequeña mitología cotidiana que cada unx proyecta de sí mismx. Al utilizarla, al usarla deliberadamente como propia, esx otrx se convierte públicamente en mí, y yo en una especie de vida al margen, de marca de agua que palidece ante una gran mano que amenaza, Milan en mano, con borrarme del mapa. De mi propio mapa. Como si todo fuese una metáfora de las identidades nihilistas en stop motion y nuestra vida allí, hecha de trazos precarios de grafito y plastilina.

Y cuesta, joder. Cuesta hacerse con un arsenal más o menos digno de utensilios identitarios. Cuesta juntar tus cadencias y contraer tus neuras y soportar tus cortes de pelo y adaptarte a tus manías morfosintácticas y defender con dignidad espartana todo eso, tus pequeños mitos domésticos, casi insignificantes; pero tuyos, al cabo, qué demonios. Con lo que cuesta, ya digo, y resulta que luego vienes tú, pelmazo, memo vestido con mis trajes, como decía Biedma, a ponerlo todo hecho un cristo y a fingir que aquí está pasando lo mismo que en el poema de Biedma sólo que sin mariconeos. Como si tú fueras yo o yo fuera tú o algún otro pérfido juego de espejos.

Con lo que cuesta leer ciertos libros, joder, y amar de ciertas maneras. Con lo que cuestan algunos trajes tejidos con hilos enhebrados en años. Con lo que cuesta enmendarse y desremediarse; hacerse la guerra y hacerse las paces al estilo propio; y hacerse el amor, también, con amor, de vez en cuando. Con lo que cuesta ser esto o aquello; licenciarse una vez, licenciarse dos; equivocarse de ese modo unas veces, acertar de ese otro otras muchas. Con todo lo que se fragua, lo que se queda, mientras tanto, y con lo que se va, que también mis agujeros me conforman. Pero de pronto alguien llega a tu stopmotion, agarra tu D.N.I. mitológico, simbólico, y se lo lleva de un plumazo metido en una caja. Ya sabéis, una de esas cajas que pueden transportarse fácilmente, y tú te quedas ahí, grafito y plastilina, en medio de tu stopmotion:; pero tu stopmotion ya no es tu stopmotion, porque tú ya no eres tú casi nada. Como una joyería a la que le roban todas las joyas, que ya no es una joyería casi nada; así que te quedas ahí, como digo, sin casi ser tú, siendo tú poquísimo, apenas lo justo para acabar la stopmotion y llamar a la policía, porque la joyería está limpia, como tú. Policía, me han limpiado la joyería. Y la policía que no, que una joyería sin joyas ya no es una joyería y que si no eres una joyería no puedes denunciar el robo de algo que no eres. Y tu cara se vuelve taciturna en la stopmotion, y te crecen ojeras de grafito muy grueso y muy oscuro y dejas caer el teléfono al suelo, muy muy despacio, como caen las cosas que se pierden para siempre, con esa especie de lentitud obscena en primer plano que lo pone todo perdido en cuanto a resolución de tiempo y espacio se refiere, y entonces quizá lloras algo, o quizá muy poco, no sé, pero acuarela azul en cualquier caso; y por otro lado la caja llena de tus cosas, la caja llena de ti, sostenida por alguien verdaderamente fraudulento -en mi caso, casi siempre una de esas "nuevas masculinidades"-, que sonríe con tu gesto y dice cosas morfosintácticamente tuyas, pero sintiéndose hegemónico, mucho más que tú, desde luego, mucho más poderoso, mientras pone en escena también, tus propios miedos y errores, pero desde la hegemonía de quien tiene el poder, desde el cetro acolchado y sólido de quien se sabe bendecido por el resto, por el ojo poderoso que vigila. Porque, como dice Belén Gopegui, esta historia no trata tanto de lo que no se ve como de lo que, viéndose, no se mira.

Porque a fin de cuentas, lo peor de todo esto es que quien se apropia de tus cosas y las mete en una caja tiene más pinta de propietario de la caja que tú mismo. Ése sigue siendo el maldito problema. Y tiene que ver con que su masculinidad es hegemónica y la tuya construida; y tiene que ver con que su deseo es el deseable y el tuyo el desviado; y es muy probable que tenga también mucho que ver con el hecho de que su polla sea de carne y la tuya, como la de Michael/Laure en Tomboy, de plastilina. De hecho, de eso estoy hablando, de la construcción de la identidad. De cómo hace veinticinco años yo era Michael/Laure, de algún modo, y él, de algún modo, mi miedo al ridículo de entonces. Y de cómo, veinticinco años después, las cosas  no han cambiando mucho. Lo suficiente como para que yo haya hecho de mis temores mis resistencias, sí, pero no lo suficiente como para que las cosas que hay en esa caja me sean, a ojos del mundo, más propias a mí que a quien me las quita.

La heterosexualidad lo usurpa todo. De todo se apropia, porque sabe que tiene el beneplácito de ella misma, un mundo hecho a su medida, construido para que todos sus movimientos parezcan gráciles y naturales (ay, la naturalidad) en su cuerpo social. Lo quiere todo. Y se lo lleva. La adaptabilidad trans, la supervivencia queer, la ternura vibrante construida sólo en el extrarradio de los afectos, de las sexualidades periféricas, la valentía intersex en medio de la sofocante dictadura binarista, el amor que no se nombra, la expresión que te deja en la cara el amor no nombrado, y los sonetos del amor oscuro. La heterosexualidad quiere escribir los Sonetos de amor oscuro, y no. El problema es que finge hacerlo y lo hace. Acaba por hacerlo, más pronto o más temprano, y los mete en una caja. Los mete en esa caja y se los lleva tan campante, con esa campechanía real -naturalmente- que tiene la heterosexualidad. Y tú llamas a la policía, pero la policía -¡sorpresa!- es también quien se aleja con tu caja entre los brazos, no nos engañemos, sonriendo con esa clase de sonrisa tuya, que un día fue tuya, quiero decir, que te perteneció, que te construyó y construiste, y él camina ufano, cargado con esa caja llena de tus cosas entre sus grandes manos hegemónicas de varón heterosexual (¡oh, las manos del hombre!) pensando: ¡Eh! ¡Qué gran capacidad de escucha tengo! ¡Estoy tan en sintonía con el mundo y sus seres más necesitados y eso me hace ser tan mejor persona! Soy tan tierno como una mujer, tan sensible como un marica, tan excitante como unx trans y tan descaradamente sexy como una bollera. Soy el paradigma, el gran hombre nuevo heterosexual, la nueva masculinidad. Y me he redimido. Gracias, mundo, por entregarme esta caja llena de cosas valiosas que van a construirme, que van a hacer de mí lo que ya soy por naturaleza después de que, por supuesto, las despolitice, para hacer no sólo que sean mías, sino borrar toda posibilidad de que alguna vez hayan sido de otrx.

Entonces, en ese momento, la luz va perdiendo intensidad, la cámara va apagándose poco a poco y tú sigues ahí, pero casi ya no. Tu polla de plastilina casi ya no, y todo lo que hacía de ti tú, se va borrando poco a poco en tu stopmotion. Y entonces, se apaga la luz, y en un punto de la imagen, como en una Rayuela virtual, una curva de puntos de grafito une tu yo borrado con tu caja mitológica, todavía en las manos zombies de esa nueva masculinidad heterosexual que ni siquiera tuvo la comezón de sentirse fraudulenta, incluye un link casi tonto, tan tonto como imprevisto, que cierra tu stopmotion y te lleva a esta canción


y a esta otra... si me apuras.