domingo, 26 de octubre de 2014

Juntas y Ministerios: yo ya no

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Tratar con las instituciones es agotador. Y no. No se trata tan sólo del consabido asunto de la ventanilla, aquella especie de abulia administrativa de la que parece adolecer algún que otro funcionario de la administración, que tan elocuentemente retrató Larra en su conocidísimo artículo “Vuelva usted mañana”; sino que es más bien una cuestión orgánica, casi fisiológica, que responde más a cuestiones funcionales, casi motoras, que a cualquier otra cosa.



Porque lo cierto es que llevamos décadas engañadas. Las instituciones no son, en realidad, instituciones, sino enormes animales prehistóricos o míticos cuya capacidad de movimientos es directamente proporcional a la velocidad que imprimen y que dejan imprimir en sus acciones. Aquello a lo que las ciudadanas llamamos tan alegremente instituciones, no son sino construcciones megalíticas inamovibles, gigantescas masas mastodónticas cuyo peso cae y recae, ahí está lo malo, sobre nuestras frágiles y menudas espaldas. Y están vivas. Y tienen hambre de estatismo. Y claro, hay que alimentarlas. Ayuntamientos, Diputaciones, Comunidades Autónomas, Ministerios. Seres de tamaño monstruoso. Y yo me pregunto si mastodontes de tamaña índole pueden, en verdad, representarnos, tan frágiles y orgánicos como somos nosotras, animalicos domésticos y mamíferos pensantes. Y evidentemente la respuesta es no. La respuesta es que no, porque las instituciones, lejos de estar hechas a imagen y semejanza de sus representadas, se sitúan en las antípodas de éstas. En las antípodas de sus vidas, de sus velocidades, de sus necesidades, de sus ritmos, de sus pulsos, de sus sistemas respiratorios y de sus modos y maneras de organizarse la vida cada día.

Porque al fin y al cabo, todo es una cuestión de contextos, de planteamientos organizativos y de cómo se utilizan y se gestionan los recursos y se dan valor a éstos, no a través del peso político e institucional, sino a través de las personas, de la gente, de la vida. Esos monstruos ciclópeos que son las instituciones, siguen creyendo aún que Parménides tenía razón cuando decía aquello de que “algo que existe no se puede convertir en nada”. Parménides, fijista convencido, inmovilista de cuidado, pero también de vocación, elaboró un proyecto filosófico que hoy, todavía, hace las delicias de quienes pretenden que lo que no se mueve, que lo que queda inmovilizado, siga funcionando como si nada. Como si el mundo no hubiese cambiado más en estos últimos 20 años que en toda la Edad Moderna. Pero el mundo, al menos el nuestro, claro, el más inmediato, ha dado tanto giro y tan diverso, que ha dejado a toda esa filosofía fijista de la que tanto presumen las instituciones, sin un solo argumento de peso que llevarse a la boca. Y es que el mundo, es ciertamente un lugar cambiante y móvil, como ya supo ver el bueno de Heráclito –un señor de mi libro de filosofía-, que tenía más razón que un santo con aquello de que uno no se baña dos veces en el mismo río, pues el acontecer del mundo es un flujo permanente.

Pero los gigantes a los que llamamos juntas y ministerios, creen no necesitar ciertas cuestiones que hoy son imprescindibles y siguen considerando como imprescindibles muchas otras cosas que nosotras ya no. Los gigantes ministeriales tienen algunos sótanos plagados de material informático sin usar, miles de libros en su embalaje original esperando a ser catalogados, y material y muebles de oficina precintados, esperando en vano que alguien vaya rescatarlos. Mientras tanto, otros lugares gestionados por la misma institución, un colegio, pongamos por caso, o un ambulatorio, no tienen mesas suficientes, o los ordenadores con los que preparan los exámenes o anotan los historiales, son casi tan antiguos como aquellos spectrum de 8 bits de hace 30 años; y sin embargo, no se puede hacer un simple trasvase, no se puede decir, oye, que en tal sitio tienen material de sobra que falta en este otro lugar, trasladémoslo. Esto, que parece tan sencillo en la cabeza de cualquiera, parece resultar imposible en las mentes fijistas de nuestros cíclopes institucionales. Los polifemos de nuestras instituciones tienen el cerebro verdaderamente mermado, además de una visión notablemente sesgada –como puede suponerse- que cuenta, además, con la insana costumbre de no mirar nunca de frente, sino de arriba hacia abajo, con el consabido agravio que eso conlleva –sobre todo para quienes estamos abajo, claro está-, por eso resulta tarea fútil hacerles ver ciertos asuntos. Corres, claro, el riesgo, de que el monstruo te responda con rugidos, pues el monstruo no sólo no entiende la crítica, sino que además la aborrece, y no puede siquiera contemplar la posibilidad de que ésta pueda darse dentro de sí, con una clara y sana intención constructiva, con verdadera vocación de mejora, de evolución, de crecimiento. Los mastodontes institucionales, en su enormidad inútil, no dejan que nada crezca y para ello, hacen depender de sí cada tentativa móvil de quienes creyeron en Heráclito. Los mastodontes institucionales siguen usando la cultura y el arte como azogadores de una suerte de imagen del imperio estático que creen representar, en una especie de fantasía megalomaníaca que sólo existe en su cabeza monocular.
En pleno siglo XXI, año 2014, los polifemos institucionales nos han amarrado a su maquinaria y después han parado los motores. Nos han hecho creer que son más importantes sus aparatos que nosotras, que somos quienes los ponemos en marcha. Las ciudadanas, atadas de pies y manos como aquel elefante sujeto por un hilo invisible, seguimos cometiendo el error enorme y fantasmagórico de creer que quienes gobiernan al monstruo son los dueños del mismo. Como si la democracia consistiese en decidir quiénes van a ser, esta vez, los dueños de todas nuestras cosas.

No deberían olvidarse, juntas y ministerios, cíclopes y polifemos, de que, por más que quieran atenazar e inmovilizar los gigantes, el sol tiene el tamaño de un pie humano y el día que por fin sepamos la fuerza que tenemos desde nuestra pequeña humanidad, se hará de noche para siempre en la tierra de los gigantes. 



miércoles, 8 de octubre de 2014

El feminismo será animalista (o no será)

El poder, tal y como lo conocemos hoy, es necropoder. El poder, de hecho, despojado de su prefijo, de su cualidad necrosante, no existe si no en los confines de una retórica utópica y feminista. Hace apenas unas horas leía este maravilloso artículo de Beatriz Preciado. Apenas unas horas después, un miembro no humano de una familia infectada por ébola (ella) y en cuarentena (él) era asesinado para simplificarle la vida a la ministra, y a su Jaguar, y a su confeti.Una familia ya, de por sí, jodida por el poder y por las decisiones tomadas por éste en nombre del especismo, y probablemente también, en nombre de la Virgen de Fátima, que no es sino otra suerte de machismo, de clasismo, de racismo, de etnocentrismo y de basura jerarquizadora y jerarquizante. Otra suerte de suela de zapato acercándose, legitimada, a la cara de lxs débiles -o mejor, de quienes han sido debilitadxs por el poder-, de los animales, de las mujeres, de lxs mutantes. El poder jerarquiza y la jerarquía mata, asesina, extermina, aterra, liquida, elimina. El feminismo no va de mujeres, sino de mutantes. No va de mi especie, sino de mi familia. El feminismo es una suerte de cruzada transversal en la que no cabe comparación alguna. El feminismo no compara, antes bien, "para con" otrxs la atrocidad necrosante de la jerarquía. El feminismo muta, porque el poder necrosa. El feminismo es el ánimo y el ánima. El feminismo será animalista o no será. 

viernes, 19 de septiembre de 2014

(TRANS) FEMINISMO: UNA REVOLUCIÓN



El feminismo es incómodo, la verdad. 

El feminismo pica, y huele mal, y es un engorro, y un rollo, y una lata. El feminismo es como pasarle el mocho a la vida, limpiarle el polvo a tus contextos, barrer bajo los muebles de tus semejantes. ¿Sabes esos remolinos de mugre que salen bajo la cama y que tú no te puedes creer, por más que lo pienses, que estuvieran ahí? Pues es el feminismo el que los saca a la luz y hace que tu alcoba deje de parecer el Far West. Es el feminismo el que te recuerda que si la casa no se limpia a menudo de mugre falócrata y machirula, la mierda acabará por engullirnos. Por eso el feminismo es una lata, porque siempre has de estar todo el día con la mopa ojo avizor -la mugre sale incluso de nuestros propios organismos- pero merece la pena, porque te va dejando la vida tan limpia y refulgente que da gusto estar en ella. Pero eso sí, tiene una pega. Una pega enorme, una pega inmensa: cuando descubres el asombroso poder del feminismo, ya no puedes dejar de utilizarlo. Simplemente no hay vuelta atrás y no puedes dejar de detectar esa pequeña pátina de polvo patriarcal, porque tú sabes que está ahí y que, si la dejas, si no la eliminas ahora, en un par de días vas a tener la vida como el arpa de la Rima de Bécquer: silenciosa y cubierta de polvo.

Por eso hacer feminismo es también –y yo diría que sobretodo- detectar y denunciar lo que pasa en nuestros entornos más próximos, en esos en los que se supone, estamos, en la medida de lo posible, a salvo del patriarcado.

Puedes cofundar junto a otrxs compañerxs, un colectivo con la vocación de visibilizar y defender los derechos lgtb+ y hacerlo, con especial énfasis, a nivel local, provincial y regional. Podéis cofundar el primer colectivo lgtb+ que se gestara en esta ciudad ever, y la cosa podría resultar ilusionante. Que el tejido social de un colectivo sea muy heterogéneo, identitaria y culturalmente hablando, nunca sé si es bueno o malo. Pero me pasa también con un millón de cosas. Lo que sí sé que es bueno es llegar a acuerdos de mínimos. Y se llegan. Se llegan para arrancar, se llegan para seguir, para empezar a seguir, pero se llegan, sobre todo, porque no podría ser de otra manera. Óptica feminista, inclusión de identidades no binarias, apoyo a otros movimientos sociales afines. Se anda camino. Se hacen propuestas y se anda un camino más institucional que callejero, más visibilizador que empoderante, pero un camino al fin y al cabo, ancho como para poder seguir depositando en él la fuerza y la alegría. 

Siempre hay cosas que no te gustan, claro, pero las pasas por alto. No te vas a poner tiquismiquis. No vas a ser tan picajosx, tan exageradx, tan histéricx. Siempre hay un compañero tecnócrata que afirma que la lucha lgtb es apolítica, y tú discutes un poco, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y misántropo que desde la más profunda ignorancia antropológica afirma altivo y complaciente que España es un matriarcado “porque las mujeres sois las que mandáis”, y tú discutes un poco, y te reivindicas como “no mujer”, como “cuerpo no binario”, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y transfóbico que vuelve a recordarte el diagnóstico del médico que te vio nacer. Y tú discutes un poco, ya sobre tu propia identidad. Y te ves discutiendo sobre tu propia identidad con un hombre que no eres tú, y discutes un poco (es tu identidad lo cuestionado, qué demonios), pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Y así pasan los días, y las semanas, y los meses, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído, como que no vas oyendo nada. 

Evidentemente, la violencia simbólica de la que ya nos habló Bourdieau nos ha enseñado que a Rouuseau se le viene haciendo mucho caso. “Toda la educación de las mujeres –esto dijo Rousseau- debe girar en torno a los hombres. Gustarles, serles de utilidad, propiciar que las amen y honren, educarlos cuando son jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarles, consolarlos, hacer que la vida les resulte agradable y grata, tales son los deberes de las mujeres en todos los tiempos”.

Y es por eso, porque “debo” hacer que la vida a mis compañeros les resulte agradable y grata, discuto un poco para que crean que puedo serles de utilidad, pero no tanto como para que todo se vaya a la mierda “por mi culpa”, y es entonces cuando llega el momento de callarme y no decir nada. 

Ellos crecen en el espacio simbólico, se mueven con holgura, sin sisas que tiren de sus mangas, sin culpas, sin miedo a ser cuestionados, sin miedo a ser culpados de saber mucho y parecerlo, o demasiado poco y parecerlo también. Piensas en Rousseau y después piensas en gasolina. Piensas en Rousseau ardiendo, Rousseau on fire, y te pones cachondx, pero de nuevo la estructura opresora te interviene el cerebro: si eres feminista no puedes hacer que nada arda, si crees en la horizontalidad no te puedes imponer por la fuerza. Si crees en los cuidados y el amor, no puedes, por amor de diosa, destilar tanta violencia. Pero en verdad toda esa violencia –tildada de ilegítima en tanto en cuanto es la tuya- no es tuya, en realidad, sino que se ha depositando en ti a golpe de opresión, a golpe de silencio, a golpe de dominación sigilosa y hegemonía callada. A fin de cuentas, el poder no necesita utilizar fuerzas no legitimadas para imponerse. De hecho, el poder es poderoso por eso, porque tiene a su disposición todas las fuerzas del mundo para, en el momento en que sean usadas por él, se legitimen automáticamente en nombre de la coerción. Los puñetazos en la mesa del padre tienen sentido. Los puñetazos en la mesa de la hija, son intolerables. Te viene Rousseau a la cabeza, y aquella expo en la que Rousseau era decididamente un mierda, y reportas en twitter desde el perfil del colectivo lgtb+ al que perteneces, una cuenta homófoba y machista; pero pronto un compañero cuestiona tu actuación, la juzga, la valora y la evalúa como si fuese un padre, un tutor o un jefe. Como si asumiese de modo natural el rol de figura de autoridad y tú tuvieses también que asumir el rol de subalterna, de tutorizada, y le hubieses pedido permiso, u opinión, u aprobación de tus actos. Y te cuestiona a ti, y a todas cuantas comprenden que no puede tolerarse la intolerancia dentro del activismo lgtb+, y os tilda, a su vez, de intolerantes. Y os dice cómo hay que ser, cómo actuar, en definitiva, para que “su vida sea más agradable y grata”, porque ya lo dijo Rousseau, a fin de cuentas, que esa es la finalidad de “las mujeres”. Se hace el silencio, esa clase de silencio que se hace siempre que el poder irrumpe en alguna parte dando su puñetazo simbólico en la mesa, en su mesa grande y alta. Un puñetazo que nadie cuestiona, que nadie puede ni se atreve a cuestionar. Porque así son las reglas. Así las normas. Hechas a imagen y semejanza de quien ha de venir, después, a usarlas en su favor.

Así que después del silencio, una compañera discute un poco, pero como no quiere que todo se vaya a la mierda “por su culpa”, la de ella, claro, pues calla y hace como que no ha oído nada. Y el machismo se filtra en los mensajes, y la burla al lenguaje inclusivo campa en los espacios de confort, en lo que tú creías que eran espacios de confort, y la chanza, y el daño infringido desde esferas que detentan un poder social, un poder simbólico, un poder estructural, un poder hegemónico, un poder de culo blanco de marica patriarcal, que diría Virginie Despentes, se sucede gota a gota, o torrencialmente ya, qué demonios, para qué andar con disimulos. Porque total qué más da, si luego nosotras callamos, aunque discutamos un poco, pero callamos, porque no queremos que el dedo del opresor nos juzgue y dicte finalmente el veredicto de que todo se ha ido a la mierda y de que ha sido por culpa nuestra. 

Así, de ese modo, tus vivencias personales son reducidas a meras opiniones, tus problemas no son tus problemas, sino tus infantiles e insignificantes puntos de vista, y tienes que aprender a ser lo suficientemente dócil, lo suficientemente complaciente, lo suficientemente idiota, como para sonreír cuando te digan que tus movidas son eso, y aquí no interesan demasiado tus movidas, porque no son más que eso, al fin y al cabo. Tus movidas. Porque no son importantes. 

Después, cuando de ti no quede apenas un campo de minas desmembrado en la muda batalla de la simbología social y estés a punto de convertirte para siempre en el arpa silenciosa y polvorienta de Bécquer, volverás a la gasolina, porque realmente tampoco tienes gran cosa que perder, a fin de cuentas, y recordarás, hablando de Bécquer, que fue el romanticismo quien se cargó el despotismo rousseauniano, aunque luego saliera la cosa como fuera, y no querrás otra cosa en este mundo que ver arder al poder muy fuerte y, aunque no sea legítima tu llamarada, acabar con Fernando VII con tus propias manos. 


Emily Dickinson tenía razón cuando dijo que ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie. Y bueno, de algún modo, ser feminista es darle la razón a Emily Dickinson. Porque cuando te pones de pie y es tu puño el que golpea sobre la mesa, el orden de las cosas convulsiona. Cuando te pones de pie y no discutes un poco, sino que peleas tu espacio hasta la llamarada, Rousseau empieza, por una vez, a no saberse a salvo. Cuando te pones de pie diciéndote a ti misma que te da igual que todo se vaya a la mierda por tu culpa, porque ya se sabe, al fin y al cabo que, pase lo que pase, la culpa será tuya después de todo; en ese momento, tú eres un poco el verso discordante de Emily Dickinson, ese que hará que el poema de tu opresión se vaya a la mierda.

Obviamente habrá hombres que te digan que fue culpa tuya. Obviamente lo hará la mayoría y, obviamente, tendrás la culpa. Por excesiva, por exagerada, por histérica. Obviamente el agravio correrá de tu cuenta, obviamente. Porque no distingues nada, porque eres desmedida, porque no atiendes a razones. Obviamente la violencia será de nuevo volcada sobre ti como un gran cubo de mierda lleno de basura simbólica, porque el patriarcado no se anda con chiquitas. Y serás juzgada, como siempre, por otro lado, pero con mayor virulencia, porque esta vez has osado, -¡cómo osas!, ¡cómo osas a osar!-, y has gritado, y violentado y has sacado algo de toda esa virulencia, ya era hora, y has puesto sobre la mesa la gasolina y el mechero. Obviamente vendrá quien te diga que has perdido las formas, porque una señorita tiene que guardar las formas, qué demonios, ya lo dijo Rousseau, pero tú no eres una señorita, qué demonios, tú eres un cuerpo acumulando su ira, tú eres su contenedor social de pestilencia, pero estás a punto de reventar, y ya se sabe lo que pasa cuando los contenedores revientan. 

Supongo que habrá quienes siguen creyendo, todavía, que comer mierda te hará cagar flores algún día. Pero lo cierto es que seguir tragando basura patriarcal, venga de donde venga esa basura, no hace otra cosa que alejarnos de Emily Dickinson. Y estar lejos de Emily Dickinson siempre es una mala noticia. 

Por eso, como dice Itziar Ziga, debemos “seguir aprendiendo a defendernos unas a otras. A generar espacios de seguridad y gozo colectivos. A minimizar el inmenso daño que recibimos cuando respondemos a su violencia”. Porque, a la hora de la verdad, ninguno de esos que dicen defender tu causa en abstracto vendrá en concreto a defenderte a ti. Ni verás esos cuerpos de hombres henchidos de privilegio arriesgar un ápice de hegemonía en nombre de tu disidencia, de tu golpe en la mesa, de tu llamarada. Probablemente todos los que una vez dijeron que estaban contigo cuando no los necesitabas tanto, estarán contra ti o no estarán en absoluto, ahora que hacen falta. Porque exageras, porque pierdes las formas, porque pierdes la razón. Porque te lo tomas todo como algo personal, porque eres una de esas personas que se toma las cosas como algo personal, qué desfachatez, vaya actitud intolerante, y porque estás haciendo de las vidas de los hombres lugares nada agradables ni gratos, y ya dijo Rousseau que aquello no estaba bien. Porque una cosa es ser feminista y hacer pancartitas pro igualdad y otra muy distinta es quitarle la razón a Rousseau. Y porque al final, desde los ojos de los sujetos hegemónicos, desde los ojos de los culitos de hombre blanco (por más horadados que estén esos culitos), se ha de ser lo suficientemente feminista como para no parecer un neardental, pero no tanto como para llevarle la contraria al ilustrado. 

Porque ya se sabe que en el medio está la virtud, y el medio es ese lugar –sabedlo- que ellos han instaurado como medio.

El feminismo del cuerpo hegemónico (por muy marica que sea ese culito blanco de caballero) es –salvo contadísimas excepciones- un postureo pequeño burgués; es una suerte de narcisismo social del varón blanco, que gusta de recibir de vuelta una imagen de sí mismo remozada y agradable, amable y progresista, de gentilhombre. Es el buen caballero, el cortesano del que hablara Baltasar de Castiglione en el Renacimiento, sólo que en su versión postfordista. El cuerpo hegemónico habla de feminismo, pero no necesita que el feminismo lo salve. El cuerpo hegemónico grita consignas feministas, pero no necesita que el feminismo lo arme para volver a casa por el camino menos transitado. El cuerpo hegemónico que se declara feminista es el lobo bueno del cuento, y a los villanos que se vuelven buenos hay que quererlos el doble que a las mocosas desobedientes. El feminismo es para el caballero la camisa de pana, la mocedad, la barbita recortada, la espumita en la cerveza bien tirada. Pero el feminismo, para lxs demás, es la calle vacía de madrugada, la violencia de mear sentadx, no poder ponerse de pie y tener sistemáticamente el peso del ardor mundial los hombros. Para el caballero, el espejo, para lxs demás, la esquina afilada y rota del cristal. Para él, la vida social; para el resto, la propia. El caballero cree que el feminismo es el parque temático de la progresía mundial, y no se da cuenta de que “el feminismo es una revolución, no un reordenamiento de las consignas de marketing”. El caballero no se da cuenta de que cuando el feminismo comienza –no el de la americana con coderas, sino el de verdad- no puede parar, porque es más que personal, porque te aprieta la vida, y porque te hace ver con una claridad meridiana que empieza a ser ya más que urgente que Rousseau vuele por los aires, mientras matamos a Fernando VII con nuestras propias manos mientras recitamos un poema de Emily Dickinson.Y escuchamos, también, este tema de Viruta FTM.








sábado, 6 de septiembre de 2014

Todos los demonios

En una ocasión, allá por la Inglaterra de principios del siglo XX, el escritor y ensayista G. K.  Chesterton presentaba su obra El hombre que fue jueves (una reflexión metafóricamente exquisita –Borges lo adoraba- sobre el libre albedrío y el mal en todas sus formas). Entonces, a la pregunta de ¿es usted un demonio?, el premio Nobel de Literatura respondía: soy un hombre, y por lo tanto, tengo dentro de mí todos los demonios.
                Y es que la maldad, como bien sabía Chesterton y como bien han contado también muchas otras grandes plumas de la literatura y el pensamiento a lo largo de la historia universal, es capaz de adoptar siniestras formas, sinuosas a veces, y más embelesadas y aparentemente inocuas, otras. Uno piensa, quizá por eso de que cuanto mejor es uno, más difícilmente llega a sospechar de la maldad de los otros, que decía Cicerón, que la gente es buena por naturaleza, por ciencia infusa, casi así como por ley natural, como casi sin quererlo. Uno, presa de una especie de humanismo crédulo y casi estúpidamente ingenuo, confía en sus semejantes como si éstos estuviesen hechos casi a semejanza de una, y cree que Chesterton se equivocaba tildando de maldad ciertos actos que, en la vida real, no eran en verdad más que errores de forma, pequeños defectos, despistes inocuos, pequeños traspiés de carácter sin importancia, que todxs tenemos porque somos humanos, porque nadie es perfecto y porque dos o tres argumentos de verdad comúnmente aceptada me bastan para creer -soy idiota, lo sé, no me juzguen- que las personas malas, las dañinas de verdad, las irremediablemente tóxicas, ésas que te ponen la vida a morir si te descuidas, existen sólo en la ficción. Pero no.

                La ficción, -ya debería yo saberlo a estas alturas-, nunca nos contará mentiras, y lejos de no existir, los Mefistófeles cotidianos, las serpenteantes Hidras de Lerna y las espantosamente terroríficas arpías, los basiliscos y los chupacabras, están en nuestros centros de trabajo y en nuestros bloques de vecinos y si observamos con la debida atención –la ficción en esto es versada- podemos apreciar cómo, de sus ojos cuando miran, supura cierto líquido pestilente, viscoso y verduzco, que viene a darle la razón a Chesterton. La mala gente que camina, como tituló una vez Benjamín Prado, tiene nombres y apellidos corrientes. Se llaman Javier, y López y Cuchita, y caminan junto a ti por las aceras. Los nombres que le damos al demonio tienen rostros y aficiones tan comunes que no te librarás de coincidir con alguno en el gimnasio, el bus o la oficina. Tendrás lestrigones apedreándote en el trabajo y tendrán la cara de tu jefa; un dibukk querrá robarte el alma a golpe de chantaje emocional y verás como la inquina del villano, la saliva agolpada en la comisura del ruin, se apropia de tu vida si la dejas. Porque Yago –Shakespeare lo sabe- es en verdad tu socio si le dejas, y porque, si le dejas, vas a verlo, te hará, tarde o temprano, matar a Desdémona.   Dice Luis García Montero que la indiferencia nos convierte en cómplices de la injusticia y del poder. Y no es casualidad que esto lo diga un experto en ficciones. Mirar para otro lado ante la injusticia es, a todas luces, injusto, porque consentir al villano es, de algún modo, ayudarlo a lograr su propósito. Permitir a Cruela que mate a los cachorros es consentir que tu vecino haga lo propio con su perro; consentir que Gárgamel intimide a los Pitufos es permitir que tu jefa haga lo mismo contigo y con toda la plantilla. La ficción es poderosa porque nos enseña que para que el villano gane, la buena tiene que perder con el beneplácito de la indiferencia.

                Chesterton tenía razón cuando afirmaba que la Biblia nos dice que amemos a nuestros vecinos y a nuestros enemigos porque, probablemente, se trata de la misma gente.

                  Y es que, efectivamente, son la misma gente. Son los mismos. Los que tras la ignominiosa reforma laboral de este gobierno contratan y despiden trabajadoras con un dinero subvencionado y público que no costea la explotación, la precariedad y el mobbing al que se ven expuestas, por pura codicia sangrante y por el puro placer de hacer daño; los que han reventado el mobiliario urbano y las famosas “Pes” durante estas fiestas por darse el gustazo de hacer el mal, por el puro placer de hacer daño; los que acosan psicológicamente a sus trabajadoras y las adeudan dinero y horas por el puro placer de abusar de su poder y hacer daño; los que corean a voz en grito “maricón el que no bote” aireando orgullosos su homofobia y propagando el odio en plenas fiestas patronales por el puro placer de hacer daño; los que pagan cientos de euros para ver cómo un animal es torturado, humillado y, finalmente, asesinado, por el puro placer de hacer daño; los que, de hecho, torturan y humillan y asesinan a un animal, a cualquier animal, a un ser vivo, a cualquier ser vivo, por el puro placer de hacer daño; los que saquean los cuerpos de las mujeres, las vidas de las mujeres, a golpe de acoso callejero y machocracia, a golpe de silbido, chanza, pavor o sobresalto, porque sienten que así son los dueños de las calles, y de ellas, también, qué demonios, por el puro placer de hacer daño. Nuestras conocidas, nuestras jefas de sección, nuestros novios despechados, nuestras amantes, nuestros cuñados, nuestras hermanas, nuestros párrocos y ese vecino tan discreto y tan amable que siempre saludaba en el rellano. 

También lo dijo Chesterton: los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos. Efectivamente, basta un gesto valiente para matar a Yago, una denuncia, una evidencia, un clamor, antes de que a Desdémona le hiera de muerte nuestra indiferencia.


martes, 12 de agosto de 2014

Filosofía de los tractores

Tengo un alumno al que doy clase de filosofía. La filosofía de 1º de Bachillerato es una herramienta muy útil cuando se tienen 17 años y apenas una vaga noción de lo que es la filosofía, pero también es la mierda pura y ontológica que te queda para septiembre cuando no tienes ni la más remota idea de qué carajo es la ontología y de qué demonios pinta tanta pureza en todo esto. La materia, a diferencia de la filosofía de 2º de Bach, que es Historia de la filosofía y sigue un orden cronológico y por autores (autorEs, digo bien, todos señorEs), es más flexible, pues tiene que introducir temas y conceptos básicos tales como qué es la filosofía, cuáles son sus campos de actuación, qué ramas de la filosofía tienen incidencia en nuestras vidas, y de qué manera, qué es la ética, la fenomenología, la metafísica o la epistemología, y por qué demonios la política en filosofía es una cosa distinta a la saliva que se acumula en las comisuras de los labios de Rajoy mientras miente sin complejos diciendo que la crisis ha acabado. 

Mi alumno no es un chico de 17 al uso. Primero porque tiene 18, y segundo porque, ante la pregunta de "¿para qué están las normas?" no responde, como sería lo propio en un adolescente, "para saltárselas", sino que, sin titubear, y con la mansedumbre de un triste y gris hombre solo, me dice desde dentro de su camiseta azul: "para cumplirlas". Y es por eso que le queda la filosofía. Porque él no quiere problemas, y la Filosofía, por el contrario, es especialista en buscarlos. 

El otro día, charlábamos -aunque será más preciso decir que era yo quien charlaba y él, quiero pensar que escuchaba- sobre el impacto de la ética en nuestros días, sobre cómo ésta tiene que adaptarse a los nuevos contextos sociales y sobre las medidas que se toman o se pueden tomar para disminuir en lo posible las desigualdades, como el tema de las cotas, o la discriminación positiva. Todo muy ajustadito a su manual de Filosofía.  

-Por ejemplo -le dije-, en relación al tema de la discriminación positiva, tienes un buen ejemplo en la incorporación de las mujeres al mercado laboral. Podría parecer que ellas tienen los mismos derechos que ellos laboralmente, pero la verdad es que ellas tienen una serie de lastres sociales que ellos no tienen, como que son las que se encargan de la gestión de la casa, de los cuidados de hijxs, de lxs dependientes, de la economía doméstica, de la educación de lxs hijos...
-Pues en mi casa mi padre también se preocupa de mi educación... -responde en su defensa-.
-¿Ah sí?, pues es curioso porque fue tu madre quien se preocupó de encontrar un profe de filosofía para ti, y quien me llamó y me llama para ver cómo vas y con quien yo he hablado todo el tiempo. De hecho, a tu padre ni siquiera lo conozco... Y créeme, así suele ser casi siempre...
-Bueno.. -titubea- pero sí se preocupa, lo que pasa es que... trabaja...
-Preocuparse es ocuparse, ocuparse de verdad, no firmarte las notas y decirte que estudies... ¿esto lo sabes, no? Y por cierto, tu madre también trabaja, ¿no?
-Sí... pero las notas también me las firma ella...
-Ah...

Termino la pequeña conversación porque me sale humo por las orejas y no quiero que la alarma de incendios -de haber habido allí tal cosa- salte sólo por la quemazón de mis humos y humores, que destilaban ya algo parecido al azufre. Continuamos avanzando en el tema, y a los 20 minutos, su hermana -menor, pero haciendo las labores de hermana responsable y protectora-, interrumpe la clase y le dice bajito, tratando de que yo no lo oiga: ¡Juan! ¡Es papá! Que te está llamando al móvil... Dile que has bajado a hacer compras y que por eso no le has cogido el teléfono...

Juan se levanta de su silla. "Es mi padre", me dice. Como si ser su padre acaso fuese un suceso de fuerza mayor, una especie de ontología jerárquicamente doméstica, que evidencia el patriarcado como tal, simbólico y terco en todas sus formas, como una llamada inoportuna, y yo me quedo estupefacto, mirando esa caricatura de Piaget que habita los márgenes de su libro de Filosofía, y escuchando a lo lejos una conversación que, a pesar de la distancia, yo podía escuchar a través del teléfono, pues era la voz del padre de Juan (cuyo nombre, por cierto, no conozco), una voz bronca, áspera y recia; llena de ritmos bruscos y toscos, como nacida a cachos, y obstruida con palabras inexactas y llenas cadencias farragosas, silvestres y abruptas como habones de tierra sin labrar.

-No papá, no he oído el teléfono. 
-¡¿Y ánde 'stabas?! 
-Pues, por ahí, comprando comida que me ha mandado comprar mamá. 
-¡¿Tanto tiempo?! 
-Pues sí, no sé...  
-¡Bueno, a ver! Esta tarde te traes el coche a las cuatro y te vienes con tu hermana, ¡¿me has entendido?! 
-Sí, pero tengo que echar gasolina... 
-¡No! Se va a hacer así como te 'stoy yo diciendo. Usea se va 'cer así, ¿'tiendes? Ya 'charás la gasolina Ya la 'charás. Como yo te digo, ¿'tiendes? Usea, así se va 'cer.
-Sí, vale, vale. 
-¿M' as entendido? 
-Que sí, papá... que vale...
-Pos eso, hala, adiós.

 Evidentemente, de nuevo, otra vez, la realidad superando con creces toda conjetura posible. Le pregunto qué pasa, que por qué no le ha dicho a su padre que estaba en clase.
-Bueno... es que... -continúa con la disculpa al gran pater familias- mi padre no sabe que voy a clase, porque cree que las clases no sirven para nada, y que lo que tengo que hacer es estudiar...
-Ah... ¿y aún dices que tu padre se preocupa por tu educación? Interesante...

La clase concluye, y yo no salgo de un asombro perpetuo que me ha dejado con la ética hecha añicos pequeñísimos de heteropatriarcados punzantes que se meten en pequeños escondrijos de las casas y las vidas de la gente, y pinchan como pinchan todas las cosas de este mundo que matan lento pero seguro. Lento pero seguro.

Al cabo de dos días, Juan me comunica que las clases se suspenden. Se van todos al pueblo -eso es lo que me dice, "nos vamos al pueblo"-. Como el chico obedece más que piensa y remolonea más que estudia, decido telefonear a su madre. Le explico que el rendimiento está muy por debajo de lo que debería, que su hijo tiene serias lagunas históricas, conceptuales, de cultura general, que son necesarias para poder, sobre ellas, construir conocimientos en relación a la filosofía (y a culaquier otra materia, la verdad). Le hago saber que su hijo, al que le cuesta especialmente concentrarse y comprender cuestiones que tienen que ver con el pensamiento abstracto, no ha estudiado lo suficiente, ni ha hecho los ejercicios que le he ido pidiendo en las últimas semanas, y que necesita claramente tomarse en serio la asignatura, si lo que quiere es aprobarla. Su madre le disculpa. Me dice que sí, que lo sabe. Que gracias por llamar. Que lo sabe. Me dice que se ha pedido vacaciones para estar más encima de él y controlarlo. (Un modo muy clásico de calmar la conciencia de "madre" y ya, de paso, joderse las vacaciones, para así ser más madre y abnegada y pasivo-agresiva y todo a un tiempo). Me dice que se van al pueblo porque su padre (el de su hijo, se entiende; aunque no sé por qué extraña razón las madres de familias nucleares se refieren a sus maridos como "padres") quiere que le ayude con el tractor por las tardes. Eso es lo que me dice: "su padre quiere que le ayude con el tractor". (Y no hay más que hablar, claro. Pienso. Su padre. Ese ser todopoderoso. Lo dice su padre y punto). Me dice. Y disculpa a su hijo, quien no valora en absoluto nada de lo que su madre hace por él; y disculpa a su marido, quien está obstaculizando el aprendizaje y la educación de su hijo y comportándose como un perfecto cretino con voz de céfiro tractorista.

Padres y tractores. Tractores y padres. Padres y tractores. Hijos que serán, si ellas no lo remedian, si ellas no ponen tierra y tijera de por medio, padres y tractores nuevamente, por los siglos de los siglos. Y Piaget, desde los márgenes de la página 145 del libro de filosofía de primero de bachillerato, le hace un corte de mangas a Judith Butler, de la que, es evidente, no hay aún ni rastro en los manuales de filosofía en los que me diluyo, cuando empiezo a oler a azufre, y a lo que huelen los hombres todopoderosos que todo lo destrozan con sus tractores. Porque sé que si ellas siguen conviviendo con ellos, poniendo sus vidas a su servicio y dándoles hijos, ellos no les devolverán otra cosa que enemigos. Viejos tractores perfeccionados con la forma que tienen los hijos que, tarde o temprano, serán hombres dañinos como sombras para quienes la educación es un secreto inútil que no puede nunca ser revelado.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Asier eta biok: nada es sencillo (una reseña de Edu Nabal)

Traigo a mi blog, la reseña de Edu Nabal sobre el documental Asier eta biok (Asier y yo) que -según él mismo me dice- ni Diario Progresista ni Burgos Dijital se han atrevido a publicar. Y como creo que para no estar de acuerdo con algo hay, primero, que haberlo escuchado, he querido traer hasta aquí la primera reseña que, en verdad, se escribe en toda Castilla y León sobre este docu que, yo no he visto, pero que espero ver en cuanto pueda. Disfruten. 

(A continuación, la reseña íntegra y sin modificación alguna de Eduardo Nabal)

“Asier eta biok” triunfa allí donde el documental de Julio Medem “La Pelota vasca” se quedaba en bienintencionados fuegos de artificio. El director, creemos, es desconocido. Hasta que se presenta a sí mismo como el chico diabético casi asesinado por sus “colegas” en la, para mí, espantosa “Historias del Kronen” de Montxo Armendáriz en horas bajas. También ha participado en varias series de televisión. “Asier eta biok” es un documental valiente no solo por estar hecho con pocos medios (recurriendo al “crowfunding” o recolecta pública para su financiación) sino por contarnos sin ningún temor las razones personales e históricas del amigo del director para entrar en la banda terrorista ETA después de ser perseguido por su antimilitarismo y la trayectoria abertzale de sus antepasados o su progenitor. El propio realizador- a diferencia de su amigo íntimo- no comparte el uso de la violencia para defender absolutamente nada pero no se conforma con condenar y luego mirar hacia otro lado sino que hurga en las tripas del conflicto, sin maniqueísmos, sin anteojeras. 

¿Está la sociedad española preparada para un documental así? Bueno algunos sí, otros no y la mayoría en un terreno intermedio. De hecho su distribución aquí ha sido más limitada por estos lares que en el extranjero. Aitor Merino ha cambiado de aspecto y comienza el filme en los recuerdos de infancia de su amigo del alma, sentados en un bosque, una amistad que durará a través del tiempo y el espacio, saltándose rejas, kilómetros, años, entradas y salidas de prisión y desavenencias mutuas. Volviendo, de una manera u otra, a su punto de partida. En la primera parte el realizador opta por un método de montaje rápido con algunos guiños a Godard, por su forma irreverente de acercarse a algunos temas, personajes y motivos visuales. La secuencia en la que recuerda como la policía entra violentamente en casa donde ambos duermen esta recreada con un secador en lugar de una pistola, con elementos teatrales que, sorprendentemente, resultan más eficaces en un trabajo irregular pero fascinante donde no faltan las imágenes documentales y de archivo, sobre distintas formas de intolerancia y crueldad que pertenecen a nuestro pasado todavía reciente. La segunda parte -cuando el director se invisibiliza para mostrar el entorno urbano y familiar de Asier-es el más arriesgado y polémico de cara a una sociedad que crea monstruos mediáticos con la misma facilidad que los olvida, que sigue necesitando malos malosos para poder desacreditar “al contrincante”. Asier intenta explicar, no convencer a nadie, tampoco lo logra. 

El filme dista mucho de ser una apología de nada –a pesar del marcado nacionalismo del realizador- , tal vez de la intolerancia venga de donde venga, sobre todo, de esa mediocre superficialidad o maniqueísmo a la que nos tienen cada vez más acostumbrados la gente del espectáculo. Invitar en celuloide a pensar y repensar en estos tiempos es más que un suicidio en taquilla es una provocación que puede salir bien o mal. Pero Merino cuida tanto la forma del documental, los aspectos audiovisuales y los saltos narrativos que impide que el espectador se aburra asistiendo, como suele pasar en ocasiones, a un documental cuya importancia temática supone un descuido formal o una impersonalidad estilística. En “Asier eta Biok” hay ternura, humor, violencia, horror y destellos de esperanza. El realizador contrapone a Asier y su entorno con el de sus amigos de Madrid y cree que es posible que se comprendan los unos a los otros, pero no hay cámara ni testimonio que pueda conseguir eso tan fácilmente. En estos tiempos en el que todo el que discrepa del Gobierno resulta que es ETA, no está mal recordar que tampoco los integrantes de ETA eran monstruos con una misma o única cabeza sino que cada cual era diferente, y por repulsivos que nos resulten los medios utilizados durante mucho tiempo, cada persona tenía un motivo distinto para aproximarse a un mundo de combate cada vez más degradado e irresponsable. Ciertamente la gente se escandaliza más por un atentado o varios que por la violencia de Estado -cárceles, manicomios , dispersión de presos- pero no creo que en el caso de ETA la causa tuviera demasiada razón de ser (ni siquiera un trasfondo político coherente más allá de diferentes formas de patriotismo) , los medios utilizados, claro está, aún menos. 


Uno de los momento más tensos del filme es la discusión entre Asier y su madre, antimilitarista y orgullosa de su hijo, pero avergonzada de que se derrame una gota de sangre por la causa de la independencia o el reconocimiento, por cualquier causa. Muchos piensan que ETA debió acabar con la muerte de Carrero Blanco, otros creen que nunca debió existir, Asier cree que se trata de una guerra de “baja intensidad”, otros que son la peor calaña de asesinos, sus amigos de Madrid “que son unos pesados” y el director no da la razón a ninguno aunque su afecto por Asier le lleva a hacerse invisible ante secuencias muy tensas en las que el personaje intenta defender su posición ante su entorno cotidiano y familiar o es recibido como un héroe en su pueblo. 

Aunque el trasfondo contiene una eficaz requisitoria contra la violencia como lenguaje político. Pero el director demuestra que, a pesar de sus amigos de Madrid, entre los que se labro un nombre, el amor por su tierra y Asier. Las ideas independentistas de su amigo expresadas en euskera con subtítulos levantan ampollas aun hoy y todavía, con razón o sin ella, la sociedad española no está preparada para asimilar del todo, a pesar de los premios y el respaldo de la crítica, un documento así que, aunque bellamente filmado y rodado con ritmo, puede herir sensibilidades de todo tipo. La prueba es que basándose, según la versión oficial, en que "Los arrestados forman parte del grupo que se constituyó en julio de 2012 para ser interlocutores con los presos de ETA y propiciar contactos con agentes políticos vascos e internacionales para tratar de buscar una solución a los internos de la banda”, el gobierno español acaba de volver a .encarcelar a Asier. O sea que la historia continúa. Ellos, a diferencia de su amigo Aitor Merino, no han aprendido a escuchar, incluso a los que se equivocan o alardean de largos monólogos sin sentido o en ritos que personalmente podemos encontrar hasta ridículos. 

El también comentado filme de Medem, mucho más convencional y realizado con más medios, nos larga pesadas entrevistas de “uno y otro bando”, mientras que “Asier eta biok” solo incluye una polémica cena familiar y diálogos ante esos dos amigos que nunca se pondrán de acuerdo, pero no podrán dejar de serlo. Una riña y varias riñas provocadas por el realizador que busca que los personajes no tengan miedo de hablar. O como decía la anciana profesora de baile encarnada por Geraldine Chaplin en “Hable con ella” de Almodóvar: “algo he aprendido, nada es sencillo”. Eduardo Nabal.

viernes, 1 de agosto de 2014

TRATA DE ESTÉTICAS: proxenetismo cultural




Hace ya unos cuantos días que el Ayuntamiento de esta ciudad anda algo inquieto. Que un Ayuntamiento esté inquieto siempre es una buena noticia, porque la inquietud implica, al menos en el sentido más etimológico de la palabra, dinamismo, movimiento, acción, y créanme que la acción es, precisamente, una de las cosas que, esta ciudad –que comparte con Soria el dudoso honor de ser, según los usuarios de una web de viajes, la más triste de España- le pide a gritos a sus gobernantes. Nótese que digo gobernantes, y no gestores. Y es que hay últimamente, una tendencia funesta en tertulias televisivas y radiofónicas y demás parafernalia mediática, a tomar la parte por el todo y pasar así a llamar ‘gestores’ –y no ‘gobernantes’- a quienes nos gobiernan. Como un perverso giro lingüístico que tiene un brutal impacto en la realidad, hecha de girones y retales de sintagmas y adjetivos. La pata léxica que han metido los opinólogos, nos va a costar, nos está costando ya, qué demonios, más cara que algunos sueldos vitalicios.
                Miren, no. No nos confundan. Es más: no traten, deliberadamente, de confundirnos. Decir que la labor de quienes han de gobernarnos se resume a gestionar, es minimizar el asunto hasta cotas insospechadas, restando así responsabilidades a quienes, a todas luces, y salvo contadas excepciones, viven como si no tuvieran ninguna. Esa simpleza es, de hecho, propia también de quienes nunca han gobernado nada, ni siquiera una pequeña comunidad, como pudiera ser, por ejemplo, una asociación, un club de submarinismo, o una unidad familiar, por pequeña que sea. Resumir las tareas de quien gobierna una casa a “llevar las cuentas” sólo es producto de la estupidez o del cinismo, y no sé, sinceramente, con cuál de las dos respuestas quedarme. El buen gobernante, lo sabían ya Platón y Aristóteles y hasta la banda de epicúreos fiesteros y helenísticos que vinieron después, ha de atender, fundamentalmente, a procurar el bienestar de la polis, de la sociedad, del pueblo que lo ha elegido y con el que ha contraído el compromiso, no de llevar sus cuentas –no se puede ser más zafio, por favor- sino de mejorar sus vidas, de hacer de la vida en comunidad y de cada una de las vidas que la conforman, vidas decididamente, sustancialmente mejores. El gobernante es un centinela de la ética, del bienestar social, de la cultura, del saber, del conocimiento, de la investigación, del arte, la estética, la literatura y los afectos. El gobernante toma decisiones en función de ése bienestar. El gestor, en función de la economía de la casa. Aunque eso mate a quienes viven en ella. Aunque les perjudique. A quién le importa. Al gestor no le importa. Pero al gobernante sí.
                El gobernante sabe cuántos celíacos hay en su unidad familiar, sabe quién necesita unos zapatos, quién quiere estudiar qué cosa y por qué, quien está enamorado y de quién, quién deprimido y por qué, y quien siente que pertenece a un lugar en el que no se siente bien. El gestor sabe lo que vale el pan sin gluten, pero no entiende por qué demonios habría que invertir dinero en eso. El gestor conoce  el precio del calzado, y del estudio, pero tiene más que claro que son más baratos el prozac, el retilin y las alarmas. Y todo se mide en términos cualitativamente obcenos para concluir, porque al fin y al cabo es más que obvio, que el vandral –el gestor lo sabe, que ha echado cuentas- es mucho más rentable que el amor. Y qué demonios, también más útil a la hora de propagar mansedumbre y obediencia.  
                Esto no iría más allá si, como digo, las palabras no las cargara la realidad; pero por desgracia, lo que empezó siendo un requiebro tonto y absurdo de algún opinólogo miope  y engolado con cierto regusto a naftalina, que un buen día decidió llamar gestor a un gobernante mientras se acariciaba, complaciente, la barriga, ha acabado siendo una epidemia de confusión, a la que los gobernantes de nuestra ciudad -¿o debería decir gestores?- tampoco han sido inmunes.

                Así, dando la espalda a todos los colectivos culturales de la ciudad, a todos los profesionales de la literatura, el arte, la ilustración, la fotografía y la expresión plástica, que los hay, créanme, y algunos con bastante proyección, deciden sacarse de la manga, al más puro estilo megalómano y extraterritorial, un festival Internacional de Cómic y Novela Gráfica, El Ñam, con una inversión de 50.000 €. Me pregunto cuántas novelas gráficas habrán leído nuestro alcalde, y nuestra concejala de cultura. Me pregunto, dado el caso, si alguno de los dos sabe qué es una novela gráfica. Más aún. Me pregunto si a alguno de los dos les interesa algo de todo este asunto. Algo, por pequeño que sea. Más allá del turismo de quita y pon, más allá de los “está de moda”, los “será un éxito”, los “traerá dinero a la ciudad” que con tanto ahínco repite nuestro Ilustrísimo al respeto. Porque al final eso es lo que han hecho con la cultura nuestros gobernantes (y no sólo a nivel local): desactivarla, vaciarla de significado, despojarla de sentido, frivolizar con ella en el peor sentido de la palabra, rentabilizarla, estrujarla, usarla, confundirla con turismo y petardeo, más aún, justificarla en nombre de turismo y petardeo y vapulearla con ivas sangrantes y con delirios de grandeza tan hidalgos, que sólo saben pensar en turisteos que pasen por caja y bullicios de tercera que reseñe la prensa local, ahora que se acercan las elecciones. Las instituciones pintan los labios a la cultura, le suben en tacones de moda y la echan a la calle a “hacer la calle” para ellas, gestoras de este ya más que sangrante proxenetismo cultural. De esta vergonzante trata de estéticas.

                Me pregunto si alguien en este Ayuntamiento se ha preocupado por conocer los pulsos de la ciudad en materia cultural. Si alguien sabe si la cultura palentina es celiaca, o si necesita unos zapatos o si le convendría ir dejando ya el vandral poquito a poco. Si alguien en el Ayuntamiento ha tenido en cuenta el tejido social, o esto es, por el contrario, un “para otros sin nosotros”.

                A veces tengo la sensación de que nuestro Ayuntamiento confunde la cultura con las portadas de los periódicos y las emisoras locales. Como si aquello que dijo McLuhan, lo de que “el medio es el mensaje” y que yo ya pensé que estaba superado, se repitiera en mi ciudad, una y otra vez, como un mantra necrosado y necrosante, que no paran de repetir nuestros, por desgracia, “echadores de cuentas”.