domingo, 9 de septiembre de 2012

MICROMACHISMOS GASTRONÓMICOS

Ayer, Z y yo quedamos con L para ir a cenar. Fuimos a un mesón gallego bastante pintoresco, de esos en los que no se puede reservar porque apenas hay mesas y aún te sirven el ribeiro en cuencos. Yo lo conozco desde hace tiempo y a Z le encanta el lugar, porque tú no eliges nunca lo que vas a comer, sino que es uno de los dueños el que, de algún modo, decide por ti tu propio menú, con su molete de pan gallego y su quesada casera incluidos. Sabíamos que L no conocía el sitio, y nos pareció una buena idea cenar allí  (además de estar todo buenísimo es bastante barato). A L el sitio le gustó. Cenamos, charlamos y bebimos ribeiro suficiente como para que hoy ecriba estas letras algo resacosx aún. 
Justo antes de los postres, aún quedan en los platos, un par de chipirones a la plancha, y dos rodajas de pulpo, pero nosotrxs seguíamos enfrascadas en nuestra conversación sobre ACNEEs, egolatría e ingenuidad (una larga historia), y en ese momento, el dueño del mesón -quien nos había atendido- se acercó a la mesa con esa amabilidad paternalista que tienen los hombres para con las mujeres y mientras decía un "ay, veo que no coméis mucho por aquí... venga que ya lo acabamos", cogió el tenedor de Z, lo clavó en un chipirón, y se lo metió en la boca. 

Después, hizo lo propio con el tenedor de L pinchando otro chipirón e introduciéndoselo a L en su boca. En ese momento yo estaba pinchando con mi propio tenedor las dos últimas tajadas de pulpo que quedaban en la tabla, porque el pulpo estba realmente bueno y porque, la verdad, no tenía ninguna gana de tener un enfrentamiento, otra vez, con los tentáculos del sexismo patriarcal. Pero el sexismo patriarcal es terco como el solo, y el hombre quiso arrebatarme el tenedor de las manos cuando estaba a punto de llevármelo a la boca, para dármelo él. Para darme él el bocado, aludiendo que "es que me gusta". Fue un forcejeo tal cual, un forcejeo a dos manos, la suya y la mía, donde finalmente tuve que hacerle entender que a mí no, que el patriarcado ya me ha cebado lo suficiente y me ha infantilizado y erotizado e invalidado lo suficiente en nombre de la bondad, la buena voluntad, el sentido del humor o cualquier otra mierda aparentemente inocua y llena de buenas y sacrosantas intenciones. Al hombre el asunto le sentó como una patada en los cojones (porque creo que no se me ocurre una metáfora más real para definir el sentimiento), a lo que yo lo tranqulicé de hombre a hombre, dándole una palmada fuerte en la espalda, de ésas que se dan ellos, cuando todo es ok entre machos y qué machotes somos, y cómo dominamos el espacio y las espaldas de los otros, y demás. 

No tengo nada en contra de ese hombre, que además me parece simpático y entrañable, sólo quiero invitaros a reflexionar hasta qué punto el machismo y el sexismo campan a sus anchas por nuestras vidas, violentándonos, adoptando las formas más insospechadas y obligándonos a ser víctimas de él o a estar en lucha constante, y privándonos por tanto de la libertad de ir, simplemente, a la deriva. Porque a veces no quiero enfrentarme, porque ya estoy hartx, pero entonces, si no lo hago, sucumbo, y no hay más alternativas.

En la mesa de al lado, un grupo de cuatro hombres, de aspecto convencional, tenían también en sus platos algún chipirón olvidado. El camarero se acercó a su mesa, puso su mano de machote sobre el hombre de machote de uno de ellos y les dijo "venga!, a ver quién se como ese chipirión", mientras esperaba a que alguno de ellos cogiera su propio tenedor , pinchara la pieza y se lo llevara a la boca. Jamás se le hubiese ocurrido al camarero, quitar el tenedor al hombre y darle de comer, al hombre, porque muy probablemente, de haberlo hecho, el hombre, se hubiese puesto muy iracundo y es muy posible que incluso le hubiese dado un buen empujón, mientras le llamaba maricón o cualquier otra cosa. Y no sólo eso, sino que cualquier persona "de bien", cualquier persona "normal", de esta sociedad nuestra, tan "normal", le hubiese parecido una reacción de lo más lógica, mientras que la mía, es probable que hubiese sido tachada, en el mejor de los casos, de desmesurada y desagradecida (y eso que me posicioné firme, pero con educación).

Después, comentando el asunto con Z y L, Z me confesó que ella no supo reaccionar porque estaba algo pedo (Z se emborracha con medio vino, y ya llevaba tres), y su educación (hetero)patriarcal aprovechó el momento, haciéndola sentir que, el hecho de estar algo ebria, le desligitimaba para reivindicarse como persona autónoma contra el machismo y el sexismo, y por eso , casi a modo de auto castigo, abrió su boca a la demanda del patriarcado, cuando no quería hacerlo, y asumió su condición social de mujer/pasiva/infantil/obediente/objeto erotizable. Por su parte, L, que está empezando a descubrir los movimientos feministas, LGBTQ+, no supo reaccionar más que como nos han enseñado a todas a hacerlo, esto es, abriendo la boca y tragando (rellénese de metáforas al gusto), lo que el machismo y el sexismo estén dispuestos a verter en nuestras bocas, que están para tragar y callar. Y sonreír, llegado el caso.

Evidentemente, la primera en ser "alimentada" fue Z, porque su aspecto encaja a la perfección en el aspecto de una mujer convencional blanca, heterosexual, atractiva para los hombres, etc. y, por tanto, es, por un lado, el mejor "trofeo" para el A.P.* y, por otro, el reto más fácil, porque se entiende que es la que menos oposición pondrá, puesto que es "la más mujer". El paso siguiente fue L porque, aunque su aspecto es masculino y no responde a los estereotipos que se le presuponen a su sexo, (pelo corto, ropa amplia, cuerpo robusto, etc...) es bastante joven y desde luego, supone un reto menor que el que yo suponía (como de hecho, así fue). De hecho, yo estoy segurx de que, en realidad, el A.P. sólo quería dar de comer a Z, porque está buena y eso es siempre una muesca más, un punto positivo en el campo de conquista de los hombres hetero. No digo que quisiera ligar con ella, no, ni mucho menos. Es más una cuestión animal, como de marcar territorio, de mostrar las alas extendidas, de ocupar más y más espacio, de control, en definitiva. 
Yo sé que al A.P., no le apetecía nada alimentarme, porque tengo el pelo más corto que él, porque mis movimientos son mucho más masculinos que los suyos, porque extiendo los brazos y le doy palmadas en la espalda cuando dice ¿todo bien?, y lo hago con una sonrisa abierta y dominando el espacio como lo haría un hombre. Sin embargo, soy una mujer. Porque tengo tetas, ergo para cualquier A.P., soy una mujer, y la cortesía le dice al A.P. que una mujer se puede sentir rechazada, o herida o menospreciada, si un hombre se muestra más "amable" con otra en su presencia, asumiendo, por supuesto, que las mujeres, por definición, deben desear ser el objeto de agasajo de ellos; asumiendo que todas somos heterosexuales y todas existimos en función de la existencia del macho. Así que, en realidad, su enfado está más que justificado porque, según su "razonamiento", yo soy una machorra a la que no le apetecía nada "dar de comer" (esto es, mostrar atención, deferencia, etc), pero como es un tipo educado y cortés (qué palabra), lo hace; y yo, machirula inmunda, lo rechaza con un forcejeo y una palmadota en la espalda. Un desagravio. Un despropósito. Qué desagradecida. Encima que le doy de comer. Porque la otra, vale, machorra, pero agradecida, pero ésta, además de marimacho, chunga.

Evidentemente no lo dijo, pero estoy segurx de que, de un modo u otro, se sintió así. Y no le culpo, pero sí. Porque quien tiene el poder no va a soltarlo nunca, y le va a seguir siendo muy fácil conseguir mil y una estrategias para seguir justificando sus abusos. Así que, mientras los A.P.s sigan queriendo alimentarnos, seguirá habiendo la necesidad de reivindicar nuestros tenedores, nuestros bocados, y nuestras resistencias.

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*A.P.: Siglas que me acabo de inventar y que responden al término recién acuñado de "Acólito del Patriarcado",entendiendo como tal a todos aquellos agentes que en un momento determinando funcionan como tal, realizando el trabajo de esbirros o controladores/sicarios de los preceptos del patriarcado. (En este caso, nuestro entrañable camarero)